L’Arpegiatta

la_tarantella.jpg L’Arpegiatta
“La Tarantella”
Alpha/Diverdi, 2009

Hay sellos discográficos que conciben en su catálogo toda una forma de vida. Dirigida por el sabio timón de Jean-Paul Combet, la francesa Alpha ya lleva más de una década en el mundillo con una coherencia editorial exquisita. Siempre al quite para ofrecer además una cuidada presentación de sus trabajos –no en vano, el lema de la casa es Ut pictura musica, un recordatorio de la estrecha relación entre las dos artes–, Alpha empezó como refugio para sibaritas de los repertorios europeos comprendidos entre los siglos XVI y XVIII para, poco a poco, abrirse hacia nuevos estilos y latitudes. Tanto es así que en su fondo editorial no sólo pueden encontrarse a artistas como Gustav Leonhardt, Diabolus in musica, Café Zimermann o el Cuarteto Habanera, por citar unos cuantos, sino incluso auténticas boutades freaky como el reciente Encores (Alpha, 2009), un compendio de versiones a capella de Frank Zappa, Serge Gainsburg, Kylie Minogue, Jacques Brel, Britney Spears, Björk, los Beatles y Madonna, entre otros –por cierto, que de la Ciccone se ha escogido un cover de Hang Up como bonus track de La Tarantella que nos ocupa, el cual no resulta para nada postizo ni fuera de lugar en absoluto–. Para conmemorar sus diez años de vida, Alpha reedita uno de sus mejores títulos, La Tarantella de L´Arpeggiata, ese siempre sorprendente combo de músicos barrocos liderados por la inquieta Christina Pluhar.
No se entienda aquí la tarantella en su acepción más popular –esa que pusieran de moda las revisiones más amables de Nino Rota para El PadrinoFrancis Ford Coppola, 1972) y el Saltarello de Dead Can Dance, y mucho antes las relecturas más clásicas de Liszt o Rossini, por ejemplo–, sino la forma más primitiva conservada en partituras. Y es que el nombre de La Tarantella no tiene una ingenua similitud casual con el de la “araña lobo” –un bicho que, cuanto más vello, más bello–. En  realidad se creía que la picada de la tarántula transmitía el mal de la corea o “baile de San Vito”, pues entre sus manifestaciones estaba el tembleque desaforado de las extremidades, fuertes ataques de demencia y alucinación. Pero antes de evolucionar su diagnóstico hacia las más profundas áreas neurológicas, el tarantismo se asociaba al veneno de la araña, menos mortífera de lo que se le atribuye en algunas zonas, pues a lo sumo provoca una hinchazón en la piel muy molesta (salvo las de los trópicos, con una mordida mórbida). Cuenta la leyenda que la especie fue introducida en Europa como “arma biológica” contra los romanos, pero aún no está demostrado. De lo que sí hay pruebas escritas es del gran interés que generó el fenómeno del tarantelismo durante siglos, pues llamaba poderosamente la atención que tan sólo la música –o, mejor dicho, un tipo de música con su estructura y estilo bien definidos– pudiera sanar o mitigar los efectos de la ponzoña.
El esperpéntico y genial Athanasius Kircher –inventor de un proyecto pionero de amplificación acústica y diseñador de un órgano de gatos que pondría los pelos de punta a más de uno, nunca mejor dicho– reunió varias de estas composiciones musicoterapéuticas en el siglo XVII, las cuales, de paso, curaban también la melancolía por su “espíritu animoso”. En España, el tarantismo ha hecho correr mucha tinta, y es larga (y muy poco conocida) la tradición músico-médica que ha investigado activamente sobre el tema: desde patums de la modernidad como Huarte de San Juan, Oliva de Sabuco, Francisco Xavier Cid, Gaspar Sanz, Alonso de Freylas o Juan Eusebio Nieremberg hasta, en tiempos más recientes, gente como Juan Eduardo Cirlot, Jean-Martin Charcot o Gregorio Paniagua. En la actualidad, el género se ha ido desproveyendo de aquel aura mítica de los inicios para ser absorbido lúdicamente como “una música más”. La catarsis de la danza regeneradora –denominada pizzica por los saltos continuos que inspira la irritación del veneno, el reflejo de evitación del bicho que gestiona inconscientemente los gestosdel baile, y el propio ritmo frenético de la música– se diluiría luego por mor del sentimiento lúdico-festivo, e incluso se asentaría en otras zonas, como se desprenden de algunas danzas sudamericanas y hasta de la propia jota española.
Partiendo de algunos escritos antiguos como el tratado Ars Magnetica de Kircher o el Tarantismo observado en España que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, Christina Pluhar reunió en La Tarantella una ristra de estas composiciones para voz, tiorba, laúd, lira, arpa y viola de gamba, acompañados por panderetas y salterios que les confieren su típica dinámica. Al margen de sus intenciones terapéuticas –se decía que el exceso de sudoración expulsaba el veneno de la sangre–, la verdad es que abundaban más entre ellas los textos de corte romántico… lo cual lleva a pensar que un elevado tanto por ciento de dichos atarantados sufrían lo que se llamaría luego el “mal de amores” y no la alienadora posesión de un veneno fatuo. La picadura de la araña, por ende, tan sólo era una excusa psicológica para somatizar y exteriorizar la congoja de lo reprimido (y no es tanta casualidad, por eso, que la mayor parte de atarantados fueran jóvenes casaderas en edad de merecer, como bien apunta Gloria Moreno, y que entre sus “reclamos” histeroides se repitieran a menudo el exhibicionismo más impúdico y los orgasmos individuales durante el baile sin contacto físico directo). Como se ve, La Tarantella tiene un evidente interés como documento histórico-estético, sin desmerecer el precioso resultado musical de Pluhar y compañía. Si a ello se añade un grueso catálogo con las novedades más destacadas del sello, se comprende la elección de este título como auto-homenaje tras su primera década de vida. Y que sea por muchas más. Diverdi  Relacionados // Iván Sánchez Moreno