La visita de Wagner a Rossini

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Edmond Michotte
“La visita de Wagner a Rossini”. Antoni Bosch, 2013

 

Más conocido como coleccionista de art noveau que por su obra compositiva, el músico Edmond Michotte acudió en calidad de periodista al encuentro que tuvo lugar en París en 1860 entre un advenedizo Richard Wagner (1813-1883) y un Gioacchino Rossini (1792-1868) de vuelta de todo y felizmente retirado de la escena pública. Michotte tardó casi medio siglo en dar luz verde a la transcripción de dicha entrevista, ya que esperó a que ambos protagonistas estuvieran muertos para no ofender a nadie con algunas de las declaraciones que se destilan en la escasa media hora que duró la cita (pero que, sobre el papel, sobrepasa el centenar de páginas). Cierto es que, pese a que Michotte tratara de mantener una imagen inmaculada de los dos genios de la ópera, se deduce por sus palabras y su actitud la típica tensión entre un artista que va de sobrado y otro al que le corroe la envidia.

LaVIsitadeWagnerARossini portadaHay que ponerse en contexto. Por entonces, Wagner era apenas un recién llegado a la Ciudad de las Luces, pero su fama estaba malamente asociada a una lenta carrera de sonoros fracasos encadenados uno detrás de otro. Por su parte, el aura de Rossini hacía tiempo que había dejado de brillar, dedicando todo su tiempo libre a los placeres más ociosos y a fundirse la fortuna amasada en el pasado. Pronto percibió Rossini que se hallaba frente a un neurótico megalomaníaco de cuidado que, además, le había dedicado piropos tan nefastos como éste: “un gordo epicúreo no lleno de música –puesto que hace tiempo que se vació de ella–, sino de mortadela”. No obstante, Wagner no se contentó con lanzarle lindas flores como ésta al músico italiano; también ametralla con duras críticas el Fausto de Goethe & Gounod y a otros colegas de profesión como Auber, Hálevy y Salieri. Sobre éste, aún corría la leyenda de que habría sido el verdadero causante de la muerte de Mozart por envenenamiento, y tanto Rossini como Wagner exponen sus opiniones al respecto.

En cambio, desde la postura de un bon vivant sinvergüenza y deslenguado, Rossini se jacta de haber conocido en persona al mismísimo Beethoven, a quien recuerda en la decrepitud y la miseria –aunque quedara algo consternado por el comentario que le hiciera sobre la biológica incapacidad de los italianos para crear óperas serias–. También aplaude el redescubrimiento que hizo Mendelssohn de la obra de Bach, atribuye la crisis de la ópera mundial a la desaparición de los castrati y argumenta sus contrariedades con los divismos de ciertos cantantes tan egocéntricos que incluso cobran su caché en función del número de compases en el aria que les ha tocado defender sobre el escenario.

Contra todo pronóstico, Wagner se muestra sumiso y muy pelota frente a su interlocutor, buscando desesperadamente su aprobación –y quizá también su dinero, su protección y su mecenazgo–, mientras que Rossini despacha al otro con falsa modestia pero con ostentoso exhibicionismo de su supuesto talento musical para la música. Frustrados por el insatisfactorio resultado de este breve encuentro, nunca más volverían a cruzarse la palabra. Corrió a partir de esa fecha toda suerte de chismes y rumores sobre reproches mutuos que, por lo que se deduce de la entrevista, debían ser más que probables.

Profusamente anotado por Xavier Lacavaliere y el propio autor, La visita de Wagner a Rossini (Antoni Bosch, 2014) viene acompañado por un prefacio del primero y una carta del segundo a su amigo François Auguste Gevaert, en la que justifica las razones de su tardanza para publicar tan polémica entrevista. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno