La Flauta Màgica, de W. A. Mozart

laFlautaMagica WAMozart
La Flauta Màgica, de W. A. Mozart
Teatre Auditori, Sant Cugat.
8 de noviembre de 2013

Amics de l’Òpera de Sabadell, bajo la dirección artística de Mirna Lacambra, ya había montado anteriormente La Flauta Màgica con notable éxito de crítica y público. Fue en el año 2006 y quien esto firma fue testigo del estreno en el teatro de La Farándula. Para la ocasión que ahora nos ocupa, se aprovechó buena parte de la escenografía y del vestuario, así como repetían algunas voces –como las de Eugènia Montenegro y Marc Pujol–. El resto del elenco actoral cambiaba radicalmente, mejorando sobre todo los personajes de Papageno y Papagena y destacando el Sarastro de Iván García.

Los aspectos más bufonescos, propios de la Comedia dell’Arte, se hicieron más notorios en la interpretación del citado Papageno y su histriónica amada, a cargo de Toni Marsol y Rocío Martínez, respectivamente. Si el primero parecía haberse escapado de una obra de Bertolt Brecht, la segunda se presentaba por primera vez como un personaje típico de Els Comediants, caracterizada con una máscara nariguda y una voz chillona y brujeril, para transmutarse al final en un cruce entre Nina Hagen y una pizpireta Cindy Lauper –¡qué divertido el gallináceo dúo entre los dos enamorados!–. Por su parte, las tres lascivas Damas de la Noche parecían calcos de las Supremes de Diana Ross, pero añadiendo posturismos de divinas y luciendo el mismo pelazo que la novia de Frankenstein. Verlas y oírlas disputándose al mozo fue otro de los momentos más cómicos de la obra. Y si la intervención de tales lagartas despertaba la carcajada en ciertos momentos lúdicos, no fueron menos las apariciones de los tres Genios protectores, con claros visos del Tricicle cuando surgen como botones que levitan o navegando en barquitos de papel.

LaFlautaMagicaMucha de esa sorna y cachondeo naïf lo potenciaba la puesta en escena de Pau Monterde y Miquel Gorriz. El dragón que abría la función, hecho de plumas y lentejuelas, ya daba a entender que aquello iba a ser una propuesta muy distinta a las que acostumbran las óperas más serias, repletas de violaciones, asesinatos, tuberculosas e incestos a tutiplén. En efecto, La Flauta Màgica fue siempre considerada como un divertimento dentro del cómputo musical mozartiano, aunque el libreto de Johan Emanuel Schikaneder pretendiera contribuir a hacer campaña pro-masónica.

La excelente acústica de la sala acrecentó aún más la calidad de algunas piezas, como fue el caso del aria de amor que cantó Albert Casals en el rol de Tamino al ver el retrato de su amada (Dies Bildnis ist bezaubernd schön), tan lastimero y afectado; o el doloroso rechazo que sentía Pamina por el voto de silencio de su prometido (Ach, ich fühls); o, cómo no, la rabia de la malvada Reina de la Noche (Der Hölle Rache kocht in Eminem Heizen), un reto para cualquier garganta por su profusión de gorgoritos histeroides. No obstante, la dicción en alemán fue algo dudosa en algunos recitativos, un mal menor que se subsanaba con buenas dosis de humor y simpatía.

El sacerdote interpretado por Marc Pujol, aunque de participación breve, llenó tanto la escena con su presencia como el Sarastro de Iván García, de mayor pompa y enjundia. Personificado éste como un elegante sabio enfundado en un abrigo de mariscal, su entrada triunfal ya fue toda una declaración de principios que sus palabras acabaron de subrayar. El personaje de Sarastro fue el encargado de dictar a lo largo de toda la obra los valores que estructuran el pensamiento masón que La Flauta Màgica trataba de divulgar: el saber por encima de toda forma de poder, la paciencia como madre de toda ciencia, la paz y la armonía entre pueblos, y la verdad sobre la hipocresía moral y social. Pero, por el contrario, el libreto poco hacía para disimular otras lacras reaccionarias de la época, como el racismo, la misoginia y las cuentas de honor.

Daniel Gil de Tejada estuvo al frente de la orquesta. Curtido en otras lides operísticas –Le nozze di Figaro, La cenerentola, Don Giovanni, Così fan tutte, El barbero de Sevilla, La Traviata y las zarzuelas Luisa Fernanda y La rosa de azafrán, entre otras–, dirigió con solvencia una partitura difícil y muy variada, aunque la sección de vientos sonara en ocasiones algo desencajada. Los momentos de lucimiento solista de Iván García, aplaudidos con justicia, fueron de extremada complejidad, que el bajo supo capear con aplomo pero, ante todo, con unas dotes actorales sobresalientes. Sobre esto, sin embargo, cabe destacar el acierto de Toni Marsol en el papel de Papageno, quien demostró ser tan buen actos como cantante. Una noche disfrutable, que se repetirá en los próximos días en LLeida, Manresa y Tarragona. No se la pierdan.  +Info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno