Josep Soler – Música y ética

Josep-Soler
Josep Soler

“Música y ética” 2011, Libros del Innombrable

Cuanta mayor prosperidad disfruta una sociedad, peor es la cultura de la que presume. Josep Soler (Vilafranca del Penedès, 1935) es de los que consideran que en épocas de necesidad y angustia, se ha escrito la mejor música. Como prueba expone la segunda Escuela de Viena –Schoenberg, Webern, Berg–, nutrida por el seno de un zeitgeist político y moral muy conflictivo. La tesis del autor, que se cuela muy crípticamente entre estas páginas de difícil lectura, subraya que toda ética comporta una expresión en el arte, pues contribuye a la construcción de símbolos, significados y rituales asociados.

Con el cambio de siglo, tras un largo período histórico de sensibilización musical, el propio paso de la tonalidad a la atonalidad fue recibido como un suceso inmoral y casi sacrílego, como si el consenso cultural de unas leyes del sonido fuese un dogma de fe. Pero lo cierto es que la modalidad armónica imperante desde hacía casi 500 años no sólo era una técnica: además de adecuar y corregir con suma facilidad una determinada manera de aprehender una realidad (estético-musical, en este caso), también servía para el adoctrinamiento y la homogeneidad de sentimientos y pensamientos. Enarbolada por los defensores de la “pureza” y la tradición, la afinación de la escala musical en Occidente era una sibilina y muy efectiva herramienta de organización del canto litúrgico que se extendía desde la iglesia hasta el ámbito popular a través de las canciones mundanas. Romper ese lazo sagrado abría un debate entre “clasicistas” y vanguardistas que sin embargo hundía sus raíces en una cuestión religiosa, por no decir política. En la Edad Media encontramos el ejemplo del tritono o diabolus in musica, que provocaba disonancias y quebraba la armonía “canónica”. Si a ello se añaden lecturas psicosomáticas basadas en las antiguas correspondencias entre formas musicales y estados del ánimo (o equilibrios humorales, por usar la terminología de entonces), el asunto se complica de manera bárbara hasta salpicar postulados sobre la salud pública y, en consecuencia, la censura artística con voluntad de prevención e higiene moral.

Josep-Soler-picLas reflexiones de Soler, desordenadas, difusas y muy enmarañadas en largas frases subordinadas como las parrafadas más densas del filósofo Francesc Pujols (que podían alcanzar varias páginas hasta llegar al punto y seguido), también tocan temas como el valor del silencio, el hálito de la muerte en obras póstumas y cómo se trasluce en su significado estético, y el sentimiento de angustia vital en la música de compositores como Mahler o Mompou –como intenta demostrar Soler al analizar el proceso de musicalización de dos poemas de Jacint Verdaguer y San Juan de la Cruz–. En efecto, nada peor para un músico que no escuchar en vida sus últimas obras, dejándolas incompletas o sin poder mejorarlas. Al respecto, son muy significativas las palabras que el citado Mahler anotó en la partitura, preso de un ataque de desesperación en mitad de la crisis creativa que sufrió durante la gestación de su 10ª Sinfonía: “¡Oh Dios, ¿por qué me has abandonado?… / ¡…que se haga tu Voluntad!… / …¡el diablo danza conmigo…! / …¡locura, llévame contigo, a mí, el maldito…!”. Al autor austríaco le rondaba la muerte cercana, pero pese a su morbosa intuición, luchó contra sus demonios internos en un profundo estado de depresión. No en vano, recurrió a los consejos terapéuticos del mismísimo Freud para no volverse tarumba.

Por tal razón, la portada de Música y ética no puede ser más explícita, mostrando un grabado de Rembrandt en el que un Jesús contemporáneo es tentado por el diablo. Soler procede en buena parte del libro a destripar críticamente algunas de las obras más aterradoras escritas con las técnicas que antaño fueron prohibidas, y no es ninguna casualidad que el mayor número de ellas fuera concebido en vísperas de la I guerra mundial. Así no nos debería resultar nada raro que tantos compositores de la época –como Richard Strauss, Zemlinsky, Korngold o Mahler– adoptaran la influencia del psicoanálisis en sus respectivos lenguajes estéticos, ni que símbolos universales como la sangre se repita en todas las culturas y fuese tan evidente en la mitología wagneriana –como se manifiesta en la ópera Parsifal en una clara alusión cristiana de muerte y resurrección–.

Pero Música y ética es, ante todo, un ensayo sugerente y poético que contiene más filosofía teológica que revisión histórica o musicológica. Dejando de lado la considerable cantidad de errores tipográficos y la profusión de notas a pie de página (que poco o nada aportan al desarrollo del discurso), se trata de un texto imprescindible para entender el pensamiento de un prolífico y destacado teórico de la música –galardonado por su labor intelectual y artística con el flamante Premio Tomás Luis de Victoria este año y el Nacional de Catalunya (en 2001) y de España (en 2009)– que viene a completar una vasta obra: Musica Enchiriadis (2011, Scherzo), J. S. Bach, una estructura del dolor (2004, Scherzo), Tiempo y música (1999, Boileau), el prólogo de Mahler, una fisiognómica musical de Teodoro Adorno (2002, Península) y una encomiable trayectoria como traductor, por citar algunas de sus ineludibles referencias. | wikipedia | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno