Jonathan Camps

camps Jonathan Camps
Banda Municipal de Barcelona
Barcelona, L´Auditori
1 de marzo de 2009

El contrabajo es uno de esos instrumentos que se tocan con las tripas. Con cuerdas de tripa, se entiende. Pero en el caso de Jonathan Camps eso no es sólo una frase hecha. Camps emociona y se emociona con la música, y así de gozoso pudo verse y oírse en el estreno de un Concierto para orquesta de viento y contrabajo solista escrito expresamente por Salvador Brotons.
Estructurada en tres movimientos muy dispares entre sí, la obra en cuestión contiene muchos e intensos momentos para el virtuosismo del instrumento protagonista. Si inicialmente arranca con un Adagio que progresivamente se torna muy rítmico –y en el que Camps se explayó primero con arcadas largas o, más concretamente, con arcos larguissimos de expresivo tenuto, para luego proseguir con fuertes pizzicati de estilo jazzístico–, es en el Lento siguiente cuando Camps & Brotons (tras)tocan la fibra sensible del oyente pendiente. Aunque de corte más clásico con algún pasaje que recordaría a un minimalismo formal, en susodicho Concierto hay particularmente un instante fugaz pero acongojador de extrema dificultad y suma delicadeza: una codetta final de apenas un escaso minuto en la que el músico hizo gemir unos sentidos armónicos de las cuerdas 3ª y 4ª, no siempre muy apreciadas por su gravísima sonoridad pero de magnífico efecto interpretados tan cerca del puente. No en vano, la pieza fue concebida para sacar el mayor jugo de un instrumento que, a juicio del autor, “está claramente desaprovechado” en las orquestas.
La Banda Municipal de Barcelona, dirigida por el propio Brotons, secundaba cada frase de Camps con laxitud y un volumen que en ocasiones tapó al solista. Flautas y cor anglais se llevaron el gato al agua en los apuntes más destacados de la orquesta de vientos, leves y levíticos cuando acompañaban en fluidos diálogos los responsorios del contrabajo. La parte más estimada por Camps, no obstante, era sin duda el ágil tercer movimiento, un Allegro que ofrecía toda la gama posible de sonidos y virtudes extraíbles de un contrabajo: trémolos del arco sobre el fuste, elementos percusivos sobre el diapasón, frotaciones de los dedos en las cuerdas… clavijero y arco aguantaron con viveza todo tipo de detalles y retos, que se exprimieron al máximo en la larga cadenza para instrumento solos que Camps condujo magistralmente –llenando de requiebros y cambios imprevistos ese párrafo “propio”, a veces buscando pretendidamente la sorpresa y otras tanteando y explorando cada transición como un juego experimental– hasta retomar el tema principal del Concierto en un final conjunto que provocó incluso gruñidos del solista, tal era la entrega y el esfuerzo físicos invertidos en su actuación. Henchidos de orgullo, autor e intérprete recibieron un mar de aplausos y los bravi que tal descarga de pasión (tradúzcase en sudor) se merece.
En homenaje al décimo aniversario del Auditori, Brotons escogió como complemento en el programa una versión para banda del Coriolano de Beethoven (más efectista que efectiva) y una telúrica Fanfarria para grupo de metales y percusión de Joan Guinjoan, presente en la sala. Ésta se abría tibiamente para reforzarse en un crescendo común hasta una resolución explosiva que hizo vibrar las butacas.
La apoteosis llegó en la segunda mitad, recordando la tercera visita que hizo Richard Strauss en Barcelona al frente de la Filarmónica de Berlín, hace ya un siglo. Enamorado de la ciudad y su tradición musical, regaló una partitura autografiada de su Muerte y Transfiguración que sería readaptada en 1925 para banda de vientos y que el propio Strauss dirigiría en un concierto multitudinario al aire libre en la Plaza Sant Jaume: más de 20000 personas fliparon con una inolvidable cima cultural que la capital catalana no ha vuelto a convocar desde entonces. Hoy, mientras unos disfrutaban de su recuperación en el Auditori con la misma formación de antaño, el resto de los ciudadanos preferían salir a la calle no precisamente para reivindicar más eventos musicales de tal calado histórico, sino a servir de gratuita promoción a entidades mercantiles y espónsores de una maratón popular que había colapsado toda la ciudad. El arte, ay, queda postergada a un papel segundón…
Pero en el fondo de algunos corazones aún retumban esos armónicos que extrajera Camps de su contrabajo. Es ya un feliz consuelo el haber asistido al nacimiento de una música llamada a prosperar en los repertorios de los grandes señores del contrabajo, junto a Bottesini, Dragonetti, Koussevitzky o Charles Mingus. // Iván Sánchez Moreno