Houdini, l’art de la fugida – Felipe Cabezas

Houdini SalaFenix
Houdini, l’art de la fugida
Sala Fènix, Barcelona. Hasta el 1 de marzo, 2015

Al inicio de la obra, la mismísima muerte nos dará la bienvenida cazando en el aire las almas volátiles que se llevará consigo al limbo. Salvo una que parece escapar siempre, como el humo entre los dedos huesudos de la Parca. Es Harry Houdini (1874-1926), mago escapista y faquir, nacido como húngaro judío y emigrado a EEUU cuando aún era apenas chaval. El gran Felipe Cabezas (L’ultima notte del Capitano, Inferno, Cabaret Victoria) recrea aquí los recuerdos de infancia de Houdini poco antes de morir por una absurda peritonitis causada por un exceso fanfarrón de confianza en su propia fuerza física: Houdini retó a su público a golpearle en el abdomen sin que él sufriera daño alguno. Se equivocó.

Hasta entonces, el protagonista de esta historia esquivó la muerte con espíritu libertario y anárquico, burlándose del destino y tentando a la suerte en todo momento. Desde que se cruzara fugazmente con Ella siendo todavía un niño La buscó en cada espectáculo y prueba de vida, y aún más desde que aprendiera a escapar de todo signo de opresión: un castigo materno en el cuarto de las ratas fue la primera fuga en su currículum; luego vendrían un claustrofóbico bidón de leche, una polea de la que colgaba encadenado boca abajo, una cámara transparente llena de agua y un largo, larguísimo, etcétera.

Por sus artes escapistas (pues no había esposas que se le resistieran) fue reclamado como asesor de espías y policías. Por su personalidad asilvestrada y autodidacta fue encumbrado como símbolo de la libertad contra toda prisión material o inmaterial –los obreros, esclavos modernos del sistema capitalista yanqui, le admiraban como a un santo–. Por su faceta como aviador (pionero en atravesar el cielo australiano en 1910) aleccionó a los soldados norteamericanos durante la I Guerra Mundial. Incluso su obsesión por huir de toda fuente de angustia ha dado nombre a un síndrome o conjunto de síntomas que el psiquiatra Adam Phillips ha descrito en La caja de Houdini (Anagrama, 2003). El ilusionista hizo de su arte un reflejo de la esperanza que el pueblo necesitaba para creer que siempre existía una vía de escape ante cualquier imposible vital. La fascinación de Houdini superó también el Más Allá siendo invocado cada noche de Halloween por fans y friquis de lo parapsicológico, un hecho que en la obra tiene un peso importante como arranque y cierre. No obstante, Houdini pactó con su fiel esposa Bess un código secreto para desenmascarar a todas aquellas sociedades de espiritistas y médiums que se lucraban con la ingenuidad de la gente, hasta el punto de enemistarse con el padre de Sherlock Holmes, sir Arthur Conan Doyle, y ganarse el respeto de popes de la magia actual como David Copperfield –quien por cierto sufraga los gastos de mantenimiento de su tumba–.

Houdini es hoy más una metáfora del hombre libre que se rebela contra todos los límites imaginables –incluida la vida– y que estiró su amor por Bess hasta los confines de la eternidad, materializándose en cada invocación con pequeños gestos e impresiones en el amiente. Hay en Houdini, l’art de la fugida varios momentos especialmente sensibles, como el baile que el protagonista improvisa al ritmo de una czarda húngara (que se convertirá en leitmotiv de la obra) para romper sus propias cadenas y trascender al final la cuarta pared que le libere hasta del escenario; el intenso instante en que el ectoplasma fantasmagórico de Houdini se hace realidad tocando ligeramente al público; el bellísimo juego de marionetas con los dedos con que Felipe Cabezas representa la primera escena amorosa entre Bess & Houdini, de una sensualidad y un candor sin igual…

El trabajo de proximidad y documentación que hay detrás de Houdini, l’art de la fugida es una de sus principales bazas. Pocas veces verán a un actor (Felipe Cabezas, galardonado con un Pepe Rubianes de teatro) y a un director (Berty Tovías, ex–Dagoll Dagom y aclamado profesor del Institut del Teatre de Barcelona) tan involucrados en un proyecto de máximo riesgo como éste, un monólogo de una hora casi enteramente mudo y apoyado tan sólo en la pantomima y la expresividad de las máscaras diseñadas por Anna Chwaliszewska. Para Cabezas ha sido todo un reto personal y profesional porque, al provenir de la commedia dell’arte, siempre había trabajado con medias máscaras que dejaban al descubierto su boca. Esta vez, la palabra hablada quedaba proscrita en pro del lenguaje corporal. De ahí la especial influencia cinética y visual del clown contemporáneo, las resonancias chaplinescas y el cine slapstick en una nueva muestra de inagotable energía física como nos tiene ya acostumbrados Felipe Cabezas en todos sus espectáculos, tanto en solitario como en compañía.

Los claroscuros, las sombras y la densidad con que las nubes de humo tamizan el haz de los focos adquieren además un particular protagonismo. Al respecto, el juego de luces y sonidos de Mattia Russo –responsable en Italia de diversos montajes de Las Valquirias de Wagner y El mercader de Venecia y Sueño de una noche de verano de Shakespeare, entre otros– resulta esencial para el espectáculo, junto al atractivo de la música en directo de Mara Lapore quien, inspirándose en autores de la época como Claude Debussy, Erik Satie, Scott Joplin o el género klezmer (por las raíces judías del protagonista) combina los aires onírico-surrealistas del universo circense con la melancolía del cabaret. La contribución de Lapore al piano y la flauta subrayan y/o acentúan las emociones que Felipe transmite en escena sin mediar palabra alguna, consiguiendo una simbiosis perfecta.

El punto esotérico y lírico asoma continuamente en una obra cuidada hasta el mínimo detalle, tanto por la aparición de elementos tarotistas que avanzan el fatal desenlace de Houdini hasta la revelación de éste a su madre a través de unos manifiestos armónicos de piano con que probar su propia existencia más allá del sepulcro. Su padre, viejo rabino que el pequeño Erik Weisz (luego rebautizado Houdini) reverenciaba, huyó de casa desatendiendo primero a la familia, no sin antes enseñar a su vástago a gozar y hacer gozar con la ilusión sirviéndose de ésta como vía de escape contra una realidad asfixiante y gris. Fue ésta la única lección positiva que germinó en un joven Houdini que fue delincuente antes que artista y chico-para-todo antes que empresario de sí mismo y showman de la fuga.

Houdini, l’art de la fugida no se trata de un espectáculo de magia o escapismo, sino que toma la figura de aquél como excusa para despertar en nuestras conciencias un hálito de ilusión y esperanza que en los tiempos que hoy nos coartan buena falta nos hace. Houdini es ese espíritu indomable, soñador y escurridizo que consiguió burlar a la vida, evitar a la muerte y tocarnos con su pensamiento sin que ni siquiera le hubiéramos visto en persona ni más allá de su personaje. Houdini fue, como evidencia esta magistral obra, más que una idea, un deseo. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno