Hector Zazou & Swara

zazou.jpg Hector Zazou & Swara
“In the house of mirrors”
Crammed Discs, 2008

Érase una vez un hombre enamorado del sonido, con el que hacía el amor sobre una mesa de mezclas. Hector Zazou acariciaba, hacía brillar y pulía las ondas sonoras como el orfebre entregado que diseña la joya más hermosa para su amante más bella. In the house of mirrors es, sin embargo, su canto del cisne. Concebido como un extenso abanico de sedas, Zazou rinde homenaje a las atmósferas de Fripp & Eno y al minimalismo de Terry Riley, envolviendo oníricamente al oyente con el manto del desierto al amanecer con las artes del deconstruccionismo, resituando en el centro de la atención lo que queda en el margen. Por eso, en los mínimos cambios reside la esencia de este trabajo: Zazou sintetiza y aísla un detalle y lo multiplica con mil variaciones distintas (unas pocas notas, un eco final, una graduación de texturas, una base de sitar sobre la que va superponiendo capas…); confiere volumen a la música a través de loops y teclados, recreando la acústica del canto gregoriano en las iglesias jugando con ruidos procesados, efectos sonoros y reflejos. Sobretodo reflejos.
No en vano, el título In the house of mirrors se inspira en la escena de los espejos de La dama de Shangai de Orson Welles, pero también hace referencia a esa sensación de infinidad que todo lo llena en la vida. Así, Zazou refuerza el aspecto espiritual de su ejercicio de ingeniero sonoro destacando cada matiz, igual que cada grano de arena en el desierto es diferente, cada rayo de sol puede modular su color, cada soplo del viento trastoca de nuevo su orden.
Grabado en Bombay tras producir un disco de Sevara Nazarkhan, Zazou contó de nuevo con el trío que le acompañó en dicho trabajo, un proyecto conjunto al que bautizaron como Swara (“notas”) y que componen varios músicos de India y Uzbekistan que ya habían colaborado antes con Ry Cooder: Toir Kuziyev –virtuoso multiinstrumentista que se luce aquí con tambur, doutar y oud–, el slide guitar de Manish Pingle y la flauta bansuri de Ronu Majumdar (quien también ha intervenido en sendos experimentos de Jon Hassell y Ravi Shankar), más las aportaciones esporádicas de colegas de distinta nacionalidad: el húngaro Zoltan Lantos, el también violinista Milind Raykar (que toca imitando las voces humanas), Bill Rieflin (percusionista de sesión conocido por los seguidores del grupo REM), el semiimprovisado piano flamenco de Diego Amador, y los reincidentes Carlos Nuñez –con el que no repetía desde aquel sensibilísimo Strong Currents (Materiali Sonori, 2003)– y el trompetista Nils Petter Molvaer, co-responsable de los devaneos trip-hoperos de su anterior disco ambient Corps Eléctriques (Signature / Radio France, 2008).
Desde que hace 25 años se diera a conocer por la música de fusión afroelectrónica junto al cantante congoleño Bony BiyakeNoir et Blanc (Crammed, 1983)–, este investigador incansable de las músicas del mundo no sólo exploró las más ignotas sendas étnicas, sino que también cultivó la clásica, la música experimental, el jazz de cámara e incluso compuso bandas sonoras de películas. Ya fuese incurriendo en las sonoridades nórdicas, célticas o tibetanas, el canto corso, traduciendo en sonido pinturas abstractas –como en Quadri+Chromies (Materiali Sonori, 2006), con Bernard Caillaud–, tributando a Rimbaud Sahara Blue (Crammed, 1992), con Khaled, Bill Laswell, Gérard Depardieu y un largo etcétera– o poniendo fondo musical a la Juana de Arco de Dreyer, este franco-hispano-argelino con condición de nómada, espeleólogo de las culturas foráneas (como David Byrne, Peter Gabriel o Ryuichi Sakamoto, cada uno en su lado del mundo), defensor de la diferencia y enemigo acérrimo de esa mal entendida homogeneidad que impone a mandobles de mainstream la globalización de marras, Hector Zazou firmó su testamento con este último disco.
De hecho, ya tuvo que cancelar su presentación en el festival La Mar de Músicas de Cartagena de este año por problemas de salud. El pasado septiembre, por desgracia, Hector Zazou se despedía de este mundo dejándonos un álbum tan subyugante como sedoso y repleto de paz. Escuchándolo ahora, en ocasiones se despierta la duda de si Zazou sabía conscientemente que iba a morir. Si Zannat introduce al oyente en los paisajes desérticos, no es menos la obsesiva (y al mismo tiempo hipnótica) Kanoon Ampa. Por su parte, combina elementos de diverso grano metálico en las cuerdas de Attainable Border
(que revisa brevemente como bis en clave “oriental” y más chill-outera) filtrando una secuencia de suspiros mortuorios que arrastra hasta el final de la pieza. El inicio rompedor de Sisyphe, que parece sepultar con un repentino silencio al mítico protagonista bajo el peso de su propia conciencia, da paso en cambio al tema más rítmico y estructuralmente complejo del disco, el cual tiene en las intervenciones de los invitados los acentos más exquisitos. En cambio, el órgano de Darbari prepara el terreno antes de la llegada de flauta y cuerdas para uno de los cortes más bellos y etéreos –junto al plañidero Nazar Shaam– que Zazou cierra con un continuo goteo de punteos percusivos que raspa los nervios y arranca el quejío del que, como quien esto escribe, le sintió amigo en la sombra. Nos deja a todos un doloroso silencio en el que indagar los sonidos ocultos que nos enseñó a estimar como él lo hizo. Es grande la soledad del explorador sonoro, como grande el vacío con que paradójicamente la muerte llena el mundo. // Iván Sánchez Moreno