Francisco Escudero

gernika.jpg Francisco Escudero
“Gernika”
Decca, 2008

Todo artista tiene el deber de reflejar el sufrimiento o las bondades de su tiempo. En el caso de Francisco Escudero (1912-2002) –y el título de esta obra ya lo pone de manifiesto–, la angustia es el sentido vital que le empujó a componer. Huyendo de un presente muy marcado por la tragedia (aún pervive en la psicología de sus gentes el recuerdo sucia por la ceniza y la ruina y la muerte en que se redujo todo un pueblo en cuestión de minutos), la historia aquí contada se ambienta en un pasado idílico. Fruto del zeitgeist de la época –fue escrita en los `80 por encargo de la Sociedad Coral de Bilbao para conmemorar el 50º aniversario del infausto bombardeo–, por una parte se alimenta de optimismo por la concesión de la autonomía vasca en 1979 y, por otro lado, recupera la precedente estampa musical del mismo título que Escudero compuso en su exilio francés durante la Guerra Civil y de la que desgraciadamente no se conserva la partitura. Segunda ópera de su autor, si Zigor (Philips, 1968) trataba en clave marcadamente nacionalista sobre un caso atroz de infanticidio, Gernika deviene un personaje más, caracterizada como una mártir de la historia. Entremedias quedaron escritas otras grandes obras de Escudero como un Concierto para chelo, una Sinfonía sacra, una Toccata para órgano y una adaptación inacabada del Fuenteovejuna de Lope de Vega que se quedó en el cajón.
Pese a su prolífica carrera y su importante labor como divulgador de la herencia musical vasca, la producción de Escudero no ha tenido una adecuada difusión fuera de Euskadi. Pero quizá se la rescate por fin de ese silencio inmerecido bajo el que los malos gestores de la cultura le sepultaron antaño. Aún pendiente de su representación escenográfica –tan sólo fue presentada públicamente en versión de concierto en 1987–, ahora que Decca la ha editado en su sello es muy probable que se dignen a programar esta magnífica ópera en algún teatro del país. Dirigida por José Ramón Encinar (especialista en autores contemporáneos de los que ha llegado a estrenar piezas inéditas –Hindemith, Henze, Bernaola, Stravinsky o De Pablo, entre otros–) e interpretada por la Orquesta Sinfónica de Euskadi con la voz destacada de Ana María Sánchez en el papel protagonista, esta Gernika supone toda una primicia mundial. Nunca antes Gernika fue grabada en formato discográfico. Es justo decirlo, pero la memoria histórica tiene todavía muchas deudas a pagar con otras víctimas que murieron de puro olvido.
Íntegramente cantado en euskera –con una clara dicción de los actores gracias al esfuerzo de Kristina P. Abreu y la musicóloga Itziar Larrinaga en la dirección de voces–, el libreto relata cómo el pueblo de Gernika, para evitar la invasión de las tropas de un rey foráneo, pactan con el soberano darle trato de Señor (mas no de monarca, porque el único rey de los vascos sólo puede ser el pueblo), a cambio de respetar su cultura, identidad y lengua. Sin embargo, el jefe de las milicias de ocupación, celoso de la belleza de Gernika, pretende violarla. Aquejada por el síndrome de Casandra, Gernika presagia en un sueño el destino fatal de su villa, y asesinada a traición arrojan su cuerpo a la pira para acabar siendo pasto de las llamas, tal y como ocurriría siglos después con su localidad. Para más inri, el malvado fuerza al pueblo a pagar altos impuestos y quintar a los jóvenes para su ejército, lo que atenta contra la idea de libertad y otorga a los vascos el papel de súbditos. La tragedia está servida…
De estilo neoclásico y con algún apunte romántico en los subidones épicos de la trama, esta ópera en cuatro actos da una especial importancia a los elementos folklóricos de la música vasca. No ya sólo por el uso de las percusiones –muy marcada por ejemplo en el ostinato de piano con que se inicia la obra y que se convertirá en el leit motiv de la premonitoria visión de Gernika, o en escenas como la entrada triunfal de los soldados de Podio o el odio que desata el vil opresor en las gentes–, sino también por instrumentos como el txistu –el sonido con que el sabio Aitona convoca al consejo– o el carácter idiosincrático de algunos pasajes del coro –como el dúo de las alabanzas de los honores del pueblo o el emocionadísimo final de confraternización tras la(s) muerte(s) de Gernika–.
Hay desde luego en la Gernika de Escudero momentos desgarradores, como cuando el saxo o las campanas doblan el llanto de los vascos. Y sin duda es en los últimos dos actos cando el autor consigue algo que está sólo al alcance de los mayores artistas: contagiar el sentimiento a través de la música, en este caso el dolor y la rabia. Así lo reflejan los varios cuadros de música descriptiva que vertebran el texto, desde la primera alucinación de Gernika –las ametralladoras y el crepitar del fuego al unísono entre percusión y coros, las flautas y los glissandi de las cuerdas para el descenso de las bombas–, hasta el mimodrama del regicidio –donde cada gesto de violencia, el trino de alguna ave nocturna o los pasos del centinela adquieren un valor prácticamente autónomo–. Pero es en la larga secuencia situada en el fatídico 26 de abril de 1937 cuando Escudero vierte literalmente el horror en la partitura: contextualizando la escena en un despreocupado mercado en la plaza del pueblo irrumpirá de pronto el bombardeo, todo se llena repentinamente de una amalgama caótica y tristemente conocida de alarmas, aviones que vuelan bajo, explosiones, gritos, cascotes de metralla cayendo del cielo, estertores de animales agónicos y hasta una misa de réquiem que una monja alienada canturrea perdida entre nubes de humo… hasta desaparecer así el sonido en la bruma. Nunca la voz callada tuvo tanto significado como aquí. // Iván Sánchez Moreno