Dvenadtsataia Noch [Nit de Reis]


Dvenadtsataia Noch [Nit de Reis]
Temporada Alta. Teatre Municipal Girona 12 de octubre de 2017

La representación de Dvenadtsataia Noch [Nit de Reis] de William Shakespeare, que presentaba, Cheek by Jowl era, y una vez vista no hay duda que con toda razón, una de las obras más esperadas en el festival Temporada Alta de este 2017.

Una comedia que se basa en la confusión y en la ambigüedad de género, con un juego de identidades ocultas que llevan a todo tipo de equívocos y que, en este caso, dado que la compañía Cheek by Jowl, creada por Declan Donellan junto a Nick Ormerod, está formada toda ella por actores masculinos —como en su época fuera escrita por el dramaturgo—, aún potencia más ese juego de equívocos en el que se basa toda la obra.

Son dos hermanos mellizos, Sebastián y Viola, que sufren las consecuencias de un naufragio en el que se dan por muertos mutuamente. La hermana se hace pasar por hombre y aquí empiezan todos los enredos. El amor, el engaño, y la pasión; el egoísmo, y la ambición; la estupidez, y la astucia; la injusticia, y la justicia; la ambigüedad sexual, y la identidad; lo real, y lo aparente; son las ideas que se van desarrollando durante toda la obra. Los personajes nobles, el conde Orsino y la condesa Olivia, son engañados mientras creen dominar su entorno; sir Toby Bech, tio de Olivia,  promete a sir Andrew Aguacheek que le conseguirá el amor de su sobrina, y así mientras tanto se aprovecha de él; los criados —¡siempre los criados en las obras de Shakespeare!—, entre confundidos y supervivientes —un mayordomo burlado, un bufón libre e impertinente, y una criada astuta que logra sus fines—, se mueven por sus intereses; y los dos hermanos, de alguna manera generadores de la acción, acaban consiguiendo sus objetivos. Toda la confusión se aclara al final, y todos, o casi todos, los protagonistas están satisfechos —menos el mayordomo que se ha humillado y puesto en ridículo por su propia soberbia, realmente el único perdedor—.

Si la obra ya de por sí da para mucho, el montaje que vimos la otra noche no solo potencia las partes más interesantes, las más divertidas, las más reflexivas, sino que lo hace de forma absolutamente personal, con una puesta en escena sobria, pero efectiva; unos actores a cual mejor, tanto en la dicción como en el gesto; una música oportuna en muchos momentos de la obra, canciones incluidas; y con ese juego de identidades que, ya implícito en la obra, ellos llevan hasta el límite, pero siempre con una agudeza, una elegancia y una complicidad con el público, que lo enamora.

Nos decía Salvador Sunyer, director de Temporada Alta, como, en la representación del día anterior, había visto que los espectadores, en los primeros instantes de la obra, estaban como algo perplejos, pero que rápidamente habían entrado en el juego que la compañía les proponía, reaccionando de forma entusiasta, palabras que nosotros pudimos corroborar. Puede que hubiera algún aspecto que, de entrada, pudiera descolocar algo a los asistentes, especialmente si no habían vista otras obras de la compañía —nosotros ya vimos en el 2015, aquí mismo en Temporada Alta, su magnífica Mesura per Mesura, e íbamos prevenidos—; como que el texto se representara en ruso, con sobretítulos; o que la compañía estuviera formada exclusivamente por hombres; o incluso el arranque de la obra donde todos los actores, algunos de ellos con instrumentos musicales, se presentaban, de alguna manera, ante el público; pero en cuanto comenzaba realmente la obra y se iba desarrollando el argumento, el teatro se mantenía expectante, las risas, algunas casi nerviosas por el devenir de la trama, se generalizaban y los aplausos, tanto al final de la primera parte, como al acabar la obra, se multiplicaban.

¿Qué es lo que tenía la representación para poder llegar de aquella manera al público?, nos preguntábamos. Sinceridad sin artificios, podría ser la respuesta. Sinceridad en el trabajo de los actores, inmersos en sus papeles sin necesidad de otra cosa que no fuera representarlos, porque el texto no necesitaba nada más. Sinceridad en el envoltorio: los trajes, la escenografía, como ya hemos dicho, simple y efectiva, la música oportuna e inspirada. Sinceridad en la dirección, que de forma ágil y siempre mimando cada uno de los detalles, dejaba que todo fuera transcurriendo de forma fluida y natural. ¿Para qué más? El equívoco está presente en la obra y, a pesar de que al ser una compañía masculina se potenciaba, solo en contados instantes, con un gesto, con una actitud, se jugaba con ello. ¿Para qué más? Los diálogos, las entradas y salidas en escena que el texto mismo conlleva, no hacía necesaria una interpretación de vodevil, con puertas y escondrijos, excepto en muy contados momentos, ganando así protagonismo el texto. ¿Para qué más? La concepción del montaje, bajo la dirección de Declan Donnellan y la escenografía y el vestuario de Nick Omerod, era de mínimos, solo lo necesario para que los 14 actores que salían a escena tuvieran la libertad en el espacio donde se movían, para podernos transmitir las ideas del autor, como así hicieron. ¿Para qué más? A veces, lo menos es más. + Info | Relacionado |Texto: Federico Francesch | DESAFINADO RADIO