Der Kastanienball: The Fall of Lucrezia Borgia

der.jpg V.V.A.A.
"Der Kastanienball: The Fall of Lucrezia Borgia"
Winter & Winter / Diverdi, 2005

No se podría entender del todo el éxito de los Beatles sin la intervención de George Martin, ni la realización de la Tetralogía del Anillo sin la generosa inversión de Ludwig II de Baviera, ni la existencia de un exquisito sello discográfico como Winter & Winter sin la iniciativa y la valentía de su fundador. Que en la mayoría de casos el arte no habría sido visible sin la producción de un mecenas es una verdad a gritos. En música esta evidencia es aún más clara, y como prueba he aquí esta rareza freak que nos ocupa. 

Stefan Winter, amo y señor del sello que lleva su nombre elevado al cuadrado, mezcló y adaptó diversas piezas ajenas recreando así el universo sonoro ideal para hablar de los crímenes pasionales de una de las sagas más polémicas y perversas de la Historia Occidental: la familia de los Borgia. El resto de colaboradores que participaron en la obra también contribuyeron sumariamente aportando músicas propias, estableciendo de ese modo una estrechísima relación creativa entre el director artístico y los encargados de hacer realidad el imaginario del productor.

El libreto, escrito por el propio Winter, es un compendio de bajezas humanas: orgías sangrientas, asesinatos, violaciones, incestos y demás sacrilegios de la moral trufados además por las fotos de la puesta en escena de esta ópera hardcore, planificada estéticamente como un cruce grotesco entre el punk y el expresionismo alemán. Concebida para un ensemble de cámara y por ello instrumentalmente desnuda, Der Kastanienball se apoya sobre todo en recitativos de spoken word sobre bases atmosféricas densas y préstamos musicales de una fascinante ensalada posmoderna de géneros, lenguajes y épocas: cancionero medieval (Guillaume de Machaut, Carlo Gesualdo -un tipo que, por su biografía, merece tanto cariño como el Papa Borgia, capaz de matar a su mujer y a su hijo por un lío de faldas-), romántico (Schumann), barroco (Bach, Glück), opereta francesa (Offenbach y su Orfeo en los infiernos), cabaret (Spoliansky), pop-rock ochenteno (Stevie Wonder, el Queen del gran Freddie Mercury y los Boomtown Rats de sir Bob Geldof), y hasta Wagner (arreglado por Uri Caine) y El Mago de Oz de Judy Garland se dan la mano en esta atrevida e inteligentísima amalgama de estilos, quebrantando todas las fronteras posibles entre las músicas de seis siglos. Usándose como leit-motifs de cada personaje, Winter va hilando su desmelenado texto acolchando de este modo la psicología de cada uno.

Para perpetrar tal gamberrada, Stefan Winter ha contado con la inestimable ayuda de una pandilla de colegas tan zumbados como los personajes que representan. Algunos retorcidos como Maquiavelo, que hace el papel de narrador; otros parecen al borde del desquicio, como el Papa Alejandro VI que interpreta Jean-Louis CostesCabaret Modern (Winter & Winter, 2004), Irréversible (Gaspar Noé, 2002)-; y casi todos inquietantes como Lutero, Savonarola o la misma Lucrecia Borgia que da título al conjunto. El elenco reúne a buena parte de los artistas de la casa Winter & Winter, entre ellos Sadiq Bey (Uri Caine, Schwartzegeist), Ernst Reijseger (Uri Caine, Werner Herzog), Lorenzo Ghielmi (Il Giardino Armonico), Noël Ackhoté (David Sylvian, Fred Frith) y Jim Thirlwell (Nine Inch Nails, Lydia Lunch), quien expresa con un theremin la soledad y la locura sin palabras de su personaje, el César Borgia, hijo díscolo del pichabrava Papa renacentista, en uno de los papeles más emocionantes del doble disco.

Los cantantes han de ser también grandes actores, y más aún en una ópera de estas características, tan dúctil, imprevisible y tan variada como alejada de los cánones líricos al uso. El libreto de Der Kastanienball exige un notable dominio de la prosodia, de las inflexiones de la voz, los acentos, los susurros, los murmullos, los silencios. Al respecto, Sadiq Bey -que ya en The Othello Syndrome (Winter & Winter, 2008) ofrece una riquísima gama de expresividad- está soberbio, igual que el citado Costes en el difícil pellejo del Papa Borgia, que él mismo presenta como rey del cielo y la tierra, hijo de dios y del diablo, con la humanidad postrada a sus pies como un perro fiel.

Sin embargo, la locura psicópata no va a ser algo exclusivo de este patético ser. Aquí todos están como soberanos cencerros. A Giulia la Bella, por ejemplo, convertida en ideal inalcanzable del condenado pontífice, le presta su bonita voz Cristina Zavalloni arropada por los sedosos velos del cuarteto de Vittorio Ghielmi reformulando en clave de vals circense un irónico extracto de La Belle Hélène, mientras que un burlesco funk pone banda sonora a una escena onírica y sugestivamente lésbica entre las dos musas del Papa loco dentro de su enfermiza mente. Así va siguiendo la tónica, combinando pasajes preciosistas y hasta románticos corrompidos con ruidos ambientales, procesamientos electrónicos y telúricos zumbidos de theremin que sitúan al oyente literalmente entre las desordenadas neuronas de otros personajes dementes (Staatsangelegenheit, Cesare Borgia). Sirva todo ello como histérico precedente que aun asentará más intensamente el impacto de ciertos momentos de la historia que está por venir…

Winter plantea a un Papa Alejandro VI como un pobre tipo que deambula desnortado entre sus deseos carnales frustrados y las laceraciones de su conciencia perturbada -a tenor de ello, sus gemidos de dolor, los chasquidos de su látigo y su respiración entrecortada ponen los pelos de punta, mecidos por la suave música que le arropa la pena-. La manifestación cantada de los fantasmas internos de Lucrecia tras el crimen de "amor lunático" de su propio padre es también otro de esos lugares imborrables en la memoria musical del oyente: el llanto del hombre quebrando la quietud del fondo sobre los balanceos de Reijseger con el chelo es, al oírlo de repente y sin esperarlo, una puñalada en el costado, más grave todavía si puede imaginarse, como el que sentiríamos al ver al lado a nuestro mejor amigo empuñando el arma con lágrimas en los ojos y una sonrisa de compromiso forzado en los labios. La escena de la violación es por ende de una intensidad tan cruel como efectiva y directa, y el hecho de acabar con ese tembloroso guiño a la fantasía embrutecida y la inocencia rota como una pelvis de vidrio (Somewhere over the rainbow… ¡ah, qué retorcida maldad!) resulta de veras aberrante y fascinante a la par, a la altura del aria de la locura de la Lucia Lammermoor de Donizetti. Y luego ese vuelco frívolo a la samba que pone fin al tercer acto con furia cómplice entre rezos a Cristo que se trastocan en gospel noise, epílogo oscurantista de las anatemas de Lutero y las fatalistas plegarias de un Savonarola pasado de vueltas dándose jabón en una feliz balada fuera del tiempo… Y todo impregnado de un aura de pesadilla que haría las delicias de un psicoanalista adicto a las drogas duras entre fragmentos de jazz, soul y, cómo no, lounge music en la fiesta que montan los Borgia y su séquito en el último acto, con desenfrenada jodienda colectiva que le sirve de violenta catarsis a una ya irremediablemente perdida Lucrecia. Su padre, que no le va a la zaga, bendecirá la mesa con alguna copa de más y varios tornillos menos (Feuer, Couplet der Trunkenen) entre el punk y la canción de taberna, antes de perecer envenenado en la más pura iniquidad mientras los invitados bailan indiferentes una simpática pieza de Geldof (¿se puede ser más cínico?) entre silbatos y aplausos desbocados. Telón.

No les espante tanta esquizofonía musical, pues responde a la intención de hacer cantar al inconsciente de los personajes desperdigados en el escenario. Los Borgia han inspirado muchas incursiones operísticas anteriores -de Gaetano Donizetti, la más célebre; de Carles Santos, la más rara-, pero ninguna con tal arrojo. Der Kastanienball no habla en realidad de Lucrecia Borgia y su "afable" familia, sino de la peligrosa propagación de la hipocresía, más letal que un virus, pues como advierte el Savonarola de Winter/Bey en ella se lavan a los hijos de los pecados de sus ancestros, como quien limpia las máculas de su alma con orines de perro y sangres ajenas. Y así nos va. Relacionados. Diverdi // Iván Sánchez Moreno