Delafé y Las Flores Azules

DelafeyLasFloresAzules
24 Guitar Festival Bcn

Barts, Barcelona. 25 de abril, 2013

En tiempos de crisis se hace necesario disfrutar de puntuales chutes de vitalidad y optimismo. Proyectos en su momento tan refrescantes como Delafé y Las Flores Azules (con o sin Facto) tienen por ello un campo abonado para volver a ver los colores apagados de una paleta que los políticos se han empeñado en matizar tan exageradamente de gris.

Balanceándose en ese peligroso margen del hedonismo naïf por sus constantes referencias al buenrollismo, el trío compuesto por Oscar d’Aniello (Mishima), Helena Miquel (Élena) y Dani Acedo (Vyvian, Pinker Tones) consigue algo hoy muy agradecido, como es el contagio de energía. Al respecto, la presentación de su doble disco De ti sin mí / De mí sin ti (Warner Music, 2013) estaba planteada como un ritual catártico en recuerdo al difunto papá del cantante. Por tal razón el concierto dio inicio con un rescate de Sapore di sale, clásico de Gino Paoli que tiene un peso importante en el documental Ciao pirla! (La Cafetera, 2013). El otro tributado fue Bigas Luna, a quien el grupo puso música en su película Yo soy la Juani (2006).

No obstante, el sobreproducido detallismo del citado álbum –orquestado por el prolífico Paco Loco (Australian Blonde, Manta Ray, Nacho Vegas, Bunbury)– se perdió en el directo debido a la austeridad de su puesta en escena. Secundados por un baterista y un guitarrista que no fueron nombrados por el líder, y a falta de una banda de vientos que les acompañó en su última gira –la de Las Trompetas de la Muerte (Wea, 2010)–, el grupo defendió su más reciente cancionero con pasión pero escasa intensidad, como puso de manifiesto su descafeinada versión de No te dejaré nunca más. Sonaron De ti sin mí, Volvemos a empezar de cero, Mientras beso a mi chico en la arena, Cielo, Portugal, y Cuando las cosas se tuerzan, además de otros hits como Río por no llorar, La primavera, Espíritu Santo, Mar el poder del mar, El indio y un largo etcétera de temas encadenados que combinaban, en ese particular estilo suyo, el funk, el pop, el hip-hop, el sonido disco de los ’70 y hasta notables arreglos soul en ciertas piezas de protagonismo trompetero. Pese a las deficiencias del sonido y los accidentados fraseos del cantante, que interrumpió con simpática informalidad varias piezas para recuperar el hilo de sus propias intervenciones, la selección de temas no evitó la sospecha de una enquistada homogeneidad.

DelafeyLasFloresAzules1Repescas del “lado B” de su doble disco, de tono más reposado y elegíaco, como Cuando esto estalle o la valseada Vacaciones de amar, daban sentido inteligente –pero mal entendido, por ambiciosamente largo– objetivo de reinterpretar las mismas letras con formatos muy distintos, hasta el punto de conferirles total independencia entre sí. Por el contrario, se echaron de menos otros títulos célebres de su repertorio como la divertida 1984 o Ciudadanos de un lugar llamado mundo con la que se hicieron famosos gracias a la campaña publicitaria de una conocida marca de cerveza. Quizá la causa de esta ausencia fuera que en la sala se consumiera otra de la competencia, a “tan sólo” tres euros el miserable quinto.

Y esto no es moco de pavo. Hablábamos antes de la crisis, en un momento en que la cultura se castiga con un IVA del 21%. Y la represiva imagen que arrojaba la organización del antiguo teatro Arteria no contribuía precisamente a la impresión colorista que dibujaban Delafé & co. Tras diversos controles preventivos en la entrada, tal vez en pos de algún bolso con una olla Fagor dentro, la perpetua contemplación de seguratas apostados a ambos lados del escenario inspiraba la agresiva idea de que los promotores del evento pensaban que entre los asistentes hubiera un posible fan loco con el gatillo demasiado nervioso. Si a esa desagradable sensación de estar acordonados por mossos antidisturbios se le añade el abuso de algunos servicios internos de la sala, como el bar o un guardarropía con precios de caja de caudales en un banco suizo, lo de la crisis parece que tan sólo afecta según ellos a los tontainas que pagaron honradamente su entrada. En vista del trato, se hace incómodo volver a acudir a un concierto entre las paredes del tan poco acogedor Barts, que barre a su público del sitio cuando aún apenas ha avanzado un metro la interminable cola del guardarropa que invade la calle a borbotones. Ciertamente, la organización de la sala parecía más orientada para el funcionamiento de un campo de concentración, que para un concierto de las características de Delafé y Las Flores Azules.

Suerte tuvimos del buen hacer de la banda, todo un derroche de humor y alegría. Oscar, bailarín incombustible con huesos de goma, lo dio todo a un público tan entregado como él. A la media hora ya se había adelgazado un kilo, a base de sudor y vahos. En cambio, Helena se limitó más que otras veces a las segundas voces y los estribillos, relegándose a un papel más discretito sobre el escenario. Tan sólo se lució en solitario en dos piezas (Hoy y Cuando esto estalle), mientras su compañero doblaba las percusiones con bombo y cascabeles. El otro tercio de la banda, Dani Acedo, se mantuvo oculto tras sendas pantallas de ordenador, sampleando bases y pistas pregrabadas. Pero sería injusto no atribuir parte del mérito del concierto a los seguidores del grupo, cómplices absolutos de los gestos y las consignas que Oscar iba dirigiendo: manos alzadas, coreografías inventadas (el dichoso steady-running), el reciclaje de versos –cabe decir que el incesante leitmotiv “Dale gas”, para quien no sea un fan acérrimo, sugería el patrocinio de una empresa de butano–.

Delafé y Las Flores son, claro, un grupo de “fanes”, y es gracias a eso que su idea ha cuajado con éxito, que es sin duda el principal motor de la música pop. Es esa honestidad lo que más valoramos aquí, dejándonos una sonrisa imborrable en el rostro. Este sentimiento de diversión nada tiene que ver con la frivolidad que sufre la sociedad actual, cuando malos gestores de la cultura se esfuerzan tanto y mal por secarle la fe en la esperanza a la gente. La filosofía que trasciende en boca de Helena y Oscar, traspasado el umbral de la cuarentena, nos permite huir un poquito de la triste realidad de este páramo muerto que es la música nacional. A falta de algo más original, bienvenida sea la efímera felicidad de sus breves canciones, que dejan un poso tan profundo y hermoso como los besos robados de labios de la persona amada. La vida se vuelve grande cuando eso ocurre, y queda –así lo deseamos– para siempre. Restarán como grupo de culto en el futuro, como en su momento fueron Vainica Doble, pero hoy por hoy son un respiro de aire fresco que nos oxigena de tanta ranciedad, entre flamenquitos, indies y hipsters con sombreritos de rayas y gafas de pasta cantosas, y canis con pitillo en la oreja y tocha empolvada.  +info | Iván Sánchez-Moreno