Cor Madrigal

cor-madrigal.jpg Cor Madrigal
Barcelona, L´Auditori
20 de diciembre de 2008

Cuando se acercan fechas navideñas, los auditorio suelen optar por repertorios afines: generalmente de tipo intimista –lieder, villancicos, piezas barrocas que amenicen el frío invierno– o bien otra clase de sinfonismos de salón –valses, polkas, mazurcas y demás bailes carpetovetónicos–. Tradición obliga. Pero el revestimiento litúrgico se ha ido perdiendo con los años primando ante todo el programa que asegure el aplauso, y no tanto la espiritualidad original de la(s) música(s) de navidad. Por eso la selección planteada por el Cor Madrigal era un plato tan apetecible. Combinar en un mismo guión estilos tan dispares (romanticismo, atonalidad), culturas tan distintas (germánica, británica y polaca) y autores de los tres últimos siglos de historia (Penderecki, Britten, Schubert y el fofo de Schumann) es ya una apuesta importante. Conocida es la querencia por el riesgo de esta formación dirigida por Mireia Barrera –han intervenido, entre otras, en obras de cierta contemporaneidad y radicalidad musical, como la Katia Kavanova de Janacek o el Edipo de Enesco representados en el Liceu, o en encargos como la cantata La Pesta de Gerhard o el homenaje a Verdaguer que hizo Perejaume–. Así pues, no iba a ser menos la cita de hoy.
Sin embargo, aunque de riesgo creciente, el programa escogido tuvo un irregular resultado. Se abrió con tres títulos de Schubert, verdadero sofista de las emociones capaz de compungir con el sentimiento de la religiosidad (Salmo 23, con alusiones contrapuntísticas a Bach), contagiar la sensación de movimiento en Tanz (D. 826), provocar la sonrisa cómplice en Ständchen (dúo para mezzosoprano y coro masculino donde Marisa Martins cantó con una riquísima expresividad –no en vano se canjeó una merecidísima nominación al Grammy por su grabación de El gato con botas de Xavier Montsalvatge (Columna Música, 2003)–. Acompañados en todo momento por David Malet al piano con un papel marcadamente rítmico, siguieron con una tríada del cancionero de Schumann, autor de difícil ejecución en el directo escénico, sobretodo en lo que respecta a las intervenciones solistas de algunas voces del coro. Similar suerte corrió el Agnus Dei de Penderecki. Lastrado por un volumen demasiado elevado que ahogó el brillo de los matices armónicos que son seña identitaria del compositor, el Agnus Dei significó el ecuador del concierto. A partir de aquí, los requiebros de cada partitura se convirtieron en un tour de force que puso a prueba las artes del Madrigal. En el caso de las histriónicas 8 canciones sacras y profanas sobre poemas medievales de Britten acertaron más en las últimas, que borraron la impresión de devolver agilidad entre los grupos de voces.
Adelantando la Nochebuena, el coro regaló dos bises fuera de programa: un villancico catalán y otro Agnus Dei a capella de Joaquim Homs. Pero ya se sabe que los postres navideños, de tan dulces, son a veces incluso empalagosos. Los miembros del coro envolvieron literalmente con su canto al público al repartirse por los escalones de la platea, materializando un efecto estereofónico “de cuerpo presente”. Mireia Barrera controló la pieza con suavidad, aunque en ocasiones se le fuera la mano también con el peso de algunas voces.
Tras un repaso a varios tangos y milongas de Piazzola (y una misa porteña con Mercadante al bandoneón) en su estreno el pasado noviembre, este ciclo coral organizado por el Auditori seguirá después de esta sesión con el coro Madrigal con el Orfeó Català y el célebre Carmina Burana de Orff (el 17 de enero y el 28 de febrero del año que viene, respectivamente). La segunda de las citas promete, pues junta cinco coros, tres voces solistas, y piano y percusión supliendo la orquesta. Aunque no siempre lo aventurado sea una garantía, lo cierto es que la expectativa es muy alta. // Iván Sánchez Moreno