Carmina Burana

orff.jpg Carmina Burana
Cicle Coral de L´Auditori
Barcelona, L´Auditori
28 de febrero de 2009

Mundialmente célebre por su reciclaje en la banda sonora de Excalibur (John Boorman, 1981), el Carmina Burana de Carl Orff le debe sin embargo toda su fama al tema que abre y cierra la obra, una oda a los designios de la diosa Fortuna. No obstante el grueso de los poemas que engloban este Carmina son en general una exaltación a la belleza y la juventud. Por el contrario, la cita del pasado 28 resultaba doblemente exótica. Por una parte porque, tratándose de una colección de himnos con el Carpe diem por bandera, era curioso comprobar que la media de edad del público allí congregado parecía más cercano a los bardos del Tempus fugit. La otra razón de su rareza estribaba en la particular versión que se ofrecía.
Partitura tan dúctil ha sufrido numerosas revisiones y eclécticas interpretaciones, desde los talantes más clásicos –la mirada romántica de Seiji Ozawa, en contraposición con la épica de Riccardo Chailly, por ejemplo– hasta otras voces más modernas –incluso perversas, como la de Els Berros de la Cort, Corvus Corax o los metaleros Therion; o desfasadísimas, como la que firmara Ray Manzarek (The Doors) hace casi un cuarto de siglo–. A la espera del que prepara Carlo Rizzi al frente de la OBC para el próximo mes de junio, L´Auditori ha convocado “un aperitivo” de cámara.
Claro que hablar de un arreglo “sencillo” por el mero hecho de reducir la parte orquestal a dos pianos y un grupo de percusión no es del todo correcto teniendo en cuenta que sobre el escenario se contaban… más de 200 personas. Porque además de Jordi Castellà y Pep Surinyac en las teclas (de los que no se especificaba nada salvo el nombre en el programa de mano) y los seis integrantes de Percussions de Barcelona, se sumaban al evento hasta tres solistas de larga carrera lírica y seis corales más una banda anónima de toses y envoltorios de caramelos sin escrúpulos, enemistados por lo visto con el respeto y el silencio. Quizá la platea no se mereciera tanto el Carmina Burana y sí aquel gran hit de los KK de Luxe cuyo título apelaba con sorna a su público.
Paisanos entre sí de Vic (la Coral Canigó, el Cor Cabirol, el contratenor Jordi Domènech) y Cervera (la Coral Ginesta y el coro infantil, el barítono Toni Marsol, el director Xavier Puig…), el lucimiento de los músicos quedó repartido a partes desiguales. Relegando el de los pianos a un papel meramente rítmico, se echó en falta una mayor orquestación –sobretodo en el bloque de Blanziflor y Helena y en las danzas, instrumentalmente muy desnudas–. Pero contra todo pronóstico, en los momentos de voz sola se agradecieron algunos sensibles pasajes de piano. En los ruegos por el retorno del amado era más evidente aún: los pianos llegaban a emocionar allí donde los cantantes no alcanzaban a transmitir (póngase por caso el delicado Dulcissime o las notas largas de la soprano en Amor volat indique, secundada por un coro de cupidos y putti de escasa dimensión).
El mayor volumen se fundamentaría en el triunvirato compuesto por la Coral Ginesta y la Coral Regina de Manlleu, por un lado, y el más ancestral de todos (su nacimiento data en 1901), el Orfeò Manresà, por el otro. Pero con excepción de ciertos fragmentos de cordial alegría –Floret silva, Ecce gratum o el excitante Were diu werlt alle min–, los coros sonaron en exceso pulcros, más fríos que pasionales (pese a alguna frívola saliencia de estilo próximo al music-hall, muy de agradecer –como en Veni, veni, venias y esa lista de borrachos que es In taberna quando sumus–). Y mientras ganaban frescura en los versos más libidinosos y sutilmente obscenos –Si puer cum puellula, Tempus et iocundum– se perdía fuerza frente a la percusión.
Las tres voces solistas fueron otro cantar. De estilos muy dispares –aunque todas curtidas básicamente en el barroco, con algún escarceo en los repertorios contemporáneos (como Carles Santos en el caso del barítono)–, la de más enjundia por presencia escénica fue la del citado Toni Marsol. Un poco dado al histrionismo gestual (que le venía grande al recinto) y aunque de exceso afectadamente operístico en lo expresivo, Marsol divirtió de lo lindo en su rol de abad beodo oficiando una misa de risa (Ego sum abbas). De riquísima paleta cromática, el arte de Jordi Domènech se dejó oír en su inesperada aparición entre la platea, adoptando en Olim lacus colueram el punto de vista del cisne que acabó siendo vianda (oh miserable destino…). Assumpta Mateu se mostró recatada en momentos de tímbrica dificultad, como en el dúo Dies, nox et omnia o la referida Dulcissime. Frente a la sobriedad del espectáculo, fue un acierto proyectar en pantalla la traducción simultánea de las letras de la cantata, además de las graciosas intervenciones actorales de los cantantes. El aplauso, equitativo y entregado, no contó con la participación del coro de tísicos y peladores de golosinas que con tanto (desa)tino boicoteó el esfuerzo de los artistas. // Iván Sánchez Moreno