Carles Santos

yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Carles SantosCarles Santos
Barcelona, Teatre Lliure
18 de mayo de 2007

Aquejado de agotamiento, Carles Santos suspendió el pasado mes de marzo el ciclo de recitales de piano que había organizado para el Teatre LLiure, ciclo que retoma ahora. 2006 fue un año particularmente estresante: tras un doblete de exposiciones en Barcelona y rodar por ahí con su nueva ópera, le llovieron ofertas y encargos a porrillo y, para variar, sendos premios Max. Recuperado el pulso con energía renovada, Santos inaugura el retorno con una coral infantil de más de tres mil voces y esta breve serie de conciertos en solitario –apenas seis sesiones condensadas en dos semanas–. Cada show de Santos es una experiencia a vivir/sufrir y esta vez no iba a ser menos. El título no podía ser más acertado: He de ser castigado por no haber querido nunca a nadie. Santos dedica aquí una hora entera a fustigarse a sí mismo, torturando el piano, retorciendo su propio repertorio y luchando con el ajeno para imponer su personalidad, recreándolo como un dj al piano. Santos tradujo la tensión en música usando gestos cortantes, espasmódicos movimientos, en perpetuo estado de rigidez y los ojos muy cerrados, explorándose por dentro las entrañas. El pianista basó el programa en la ecuación suma y sigue: más ritmo, más tajante, más violento, más rápido, más fuerte, más difícil, más abrupto… Vamos, minimalismo llevado al máximo, pero arrastrando consigo al oyente hasta el límite de la histeria. Santos hizo un somero repaso a su historial de autor con muestras pasajeras que desgranaba con variaciones infinitas y cambios imprevisibles dejados al azar, improvisando a partir de notas y requiebros que se iban colando en el proceso. En este larguísimo ejercicio deconstructivista y contrapuntístico al máximo, Santos dirigía con mano(s) maestra(s) varios discursos a la vez, ayudándose de accesorios ya conocidos –como el canturreo silábico de aires brossianos, el ritmillo percusivo sobre el asiento de cuero, el aporreamiento del teclado con una bola de billar, sus golpes secos a la tapa del piano–. El músico intercaló un reencuentro con Rossini en un popurrí de El barbero de Sevilla, El arte de la fuga de Bach, su añejo Blau i blanc y varias citas a La meua filla sóc jo. Evitó el exhibicionismo y la autocomplacencia para usar, en cambio, la música como catarsis del dolor. Hasta el silencio hacía daño cuando cesaba la reverberación de su muro de sonido. Sí, Santos es ese músico que le pega puñetazos al piano y que, sin embargo, siempre suena con exquisita sensibilidad. Como esta noche: tan histriónico, tan sublime… y nunca más agotador. Encantado estoy con tanto castigo, pero el pobre Steinway aún tiembla de miedo. // Iván Sánchez Moreno