Capella de Ministrers

yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Capella de MinistrersCapella de Ministrers


“Amors e cansó”


“El jardí perdut”


Licanus, 2008


www.capelladeministrers.es

Cantautores haylos desde la Edad Media, aunque en ocasiones musicaran poemas ajenos. Pero si cantaban al desamor –las cansons o baladas de época– es porque sufrían de veras por ello; si loaban a un noble era porque les iba la vida en juego; si trataban temas sociales era porque les tocaba de lleno; y si la musa les hacía un feo, su venganza se volcaba en el canto –sobretodo en el ácido género del sirventés–. Claro que entre los siglos XII y XIII se les llamaba trovadores, de los que caben destacar a Berenguer de Palou, Matieu de Caersí, Ponç d´Ortafà, Raimon de Miraval y el inquieto Guiraut de Riquier, que estuvo al servicio de Alfonso X el Sabio –y antes con Jaume I y Pere III– en su periplo por viejas cántigas. Parte de sus cancioneros se reúne en Amors e cansó, cuidada grabación de la Capella de Ministrers, bajo la dirección del violista Carles Magraner (también se añaden dos escatológicas y divertidas historias sobre sexo en el monasterio –Ara lausetz– y un cambio de parejas –S´anc vos ame– de un manuscrito anónimo conservado en Sant Joan de les Abadeses). Las diferencias con el gremio cantautoril son sin embargo pocas: por guitarra, una viola de arco; por banda, uno o dos juglares que le secunden instrumentalmente; por su mecenzago asisten al señor que les encargue agasajo o entretenimiento, según el día y el ánimo. Pero por lo que respecta a la zona sur peninsular, las modas eran bien distintas. Parte del repertorio andalusí arribó a las costas levantinas durante los siglos XI y XII, estableciéndose un importante nexo cultural y comercial entre, por un lado, Dénia-Murcia-Valencia-Xàtiva, y, por otro, el cónclave Almería-Córdoba-Málaga-Albarracín. En los círculos arábigos, la poesía y la danza no eran lujo de unos pocos caciques feudales, sino de sabios e intelectuales que montaban tertulias como las de los tiempos presentes, donde lo mismo cabía un médico que un artista, un esclavo o un rey. Con Ziryáb a la cabeza –principal difusor del ritmo y la música andalusí–, figuras como los humanistas Ibn Labbána (autor de las más bellas casidas durante su diáspora por tierras marroquíes y mallorquinas), Ibn Jafáya (epicúreo enamorado de la belleza de los jardines, cuya obra poética se compara incluso con Góngora), el sufí al-Rusáfi y –sin ser una excepción, pues se contaban muchas poetisas entre los diwan de esta Edad de Oro almohade– la descendiente directa del nieto de Mahoma, Amat al-Azíz al-Husayniyya. La toma cristiana de las taifas obligó no obstante a muchos de ellos a huir por toda la península, componiendo tristes elegías y canciones de exilio. De ahí la necesidad de recuperar su disperso legado en El jardí perdut (una exquisita producción en colaboración con la Universitat de València, entre otras entidades), centrado en las herencias árabes en las músicas de raíz. A tal fin, entre piezas de carácter melismático y semiimprovisado, la Capella de Ministrers se acompaña del Ensemble Akrami, combinando flauta, zanfoña y laúd con rebab, rabel y darbuka, entre otros instrumentos. Coincidiendo con el 8º centenario de Jaume I –en el primero de los dos trabajos reseñados “se cuela” el volteo de campanas que celebra el alumbramiento del soberano– , y tras más de veinte años de carrera revisando la musicología histórica del Mediterráneo, la Capellade Ministrers vuelve a bordar el notable con estas dos colecciones de obligada referencia. // Iván Sánchez Moreno