Capella de Ministrers / Moresca

MorescaCapella de Ministrers
“Moresca”
Licantus, 2010

Hubo un largo tiempo de armonía entre moros y cristianos en este país, antes de que por motivos políticos se forzara el cisma y la expulsión, sino el exterminio, alegando causas religiosas más que discutibles. Lo prueban las cantigas que recoge Moresca, última contribución de la Capella de Ministrers –liderada por Carles Magraner– a la historia musicológica universal.
Editado como un amplio disco-libro de más de cien páginas y decorado con mosaicos de La Alhambra, incluye textos en varios idiomas, muy interesantes y críticos, de Joan F. Mira, Josemi Lorenzo y Reynaldo Fernández, que convidan a reflexionar sobre la ética de la world-music y la recuperación de la música antigua. El artículo de Reynaldo Fernández, por ejemplo, incide en la construcción del “Otro” a través de la música, no ya sólo foránea, sino también de un pasado remoto, mientras que Josemi Lorenzo desconfía de los productos medievalistas que “limpian la cara” de la historia, ya sea suavizando los textos anticlericales, racistas o misóginos con una actitud tan infiel como “correctiva” –de todas maneras, y dado que la moral cambia de la noche al día, si hoy se suprimiera todo el repertorio antiguo políticamente incorrecto, no habría nada que tocar–. Sin embargo, no es el caso de este disco.
Islamófobo y antisemita en los poemas cristianos que aquí se compilan (y para prueba dos títulos significativos: Como Santa Maria destruyu un gran poboo de mouros y Como una moura levou seu fillo morto a Santa Maria de Salas et ressucitou-ll’o, amén de las violaciones descritas por La reina Sherifa mora, Aquella mora garrida y La mora moraima), el contenido se vuelve pacificador cuando se habla de amores rotos entre cristianos y moros –porque la pena une, y la alegría envidia–. Sobresalen los romances de vihuela y por supuesto las Cantigas de Santa María (reflejada aquí como una especie de justiciera divina que igual convierte al moro con algún milagrillo, como los ejecuta a granel en mitad de una batalla), además de piezas sueltas de Juan del Encina, Luis de Narváez o Diego Pisador, entre otros.detall
El tema es un filón, pues en el tradicionario musical español se relataron durante siglos estas convivencias fluctuantes en la península y las Baleares. Según la opinión de Mira, el genocidio cultural de judíos y musulmanes se gestó durante los ententes entre las coronas castellana y catalano-aragonesa a partir del siglo XIII, ya fuera ocupando mansamente territorio árabe como reduciendo la población autóctona a la marginación rural y exiliando a las comunidades judías a núcleos urbanos (luego ghettos). Tres siglos después, la falta de libertades para las minorías se convirtió en un abuso de libertinajes para las “autoridades” oficiales durante su inmisericorde campaña de reconversión cristiana y limpieza étnica, en realidad muy alejadas de los valores dictados por Cristo.
Así, el moro pasó a ser mudéjar bajo dominio cristiano, y más tarde morisco tras su obligatoria renuncia como creyente musulmán. La única diferencia, tal y como apunta Mira en el prólogo, es que los primeros podían ejercer sus costumbres y su fe con propiedad, mientras que para los segundos estaba totalmente prohibido, so pena de muerte. El edicto de Madrid de 1566 que prohibía toda manifestación cultural de los moriscos –lengua, ropas, música e incluso comidas de su propio folklore culinario– dio motivo a la rebelión de las Alpujarras a finales de la década, y su posterior expulsión de España en la siguiente. El problema de base había sido el mismo que persiste en la actualidad –como es el caso de la política de Berlusconi y Sarkozy (apellido, por cierto, de origen húngaro) contra el pueblo romaní–: la (mala) asimilación social. La minoría seguía siendo menospreciada aun habiendo sido absorbida por un sistema putativo o, peor todavía, despojada de defensas legales.
En consecuencia, en 1609 se firmó un decreto de deportación completa de todos los moriscos hispánicos, como antes se había hecho con los judíos. Los embarcados hacia tierras árabes fueron casi medio millón (que para la época es mucho); los muertos en insurrecciones, más de 300000; los que huyeron “ilegalmente” más allá de las fronteras, otros tantos millares. En total, la población de todo el reino afectó a una tercera parte. Pero donde sobre todo se notó la soledad de las calles antes habitadas por el bullicio fue en el litoral valenciano: de repente, cientos de aldeas abandonadas, campos baldíos y valles enteros desiertos fueron moneda corriente en su geografía, y no volvería a recuperarse hasta la muy tardía reintroducción de la costa al turismo internacional, durante el pasado siglo XX. Antes de intentó un tibio resurgimiento por el orientalismo desde el casticismo ilustrado del siglo XVIII, pero tan sólo promovido por una actitud vulgarizada, manierista y kistch, al gusto del burgués de ayer y del guiri de hoy.
Sobre ello conviene reflexionar en cuanto al eterno debate entre la preservación versus la recreación de las músicas de un tiempo pasado. La postura de la Capella de Ministrers, por el contrario, no apuesta por la autocomplacencia y sí por la fidelidad historicista. Pero la selección del cancionero no se aleja de otros álbumes similares de Jordi Savall, Al Ayre Español o Eduardo Paniagua, por citar unos cuantos, y quizá se hubiera agradecido mayor atrevimiento y riesgo. Queda la duda de si la recuperación sesgada de unos repertorios concretos no contribuye irremediablemente a una progresiva amnesia histórica de otros que quedaron interesadamente al margen. No debe descuidarse que la (re)construcción del “Otro” sienta las bases del estereotipo, por un lado, pero también encubre (amparándose en la aparente neutralidad y el respeto) un paradigma ideológico sobre los símbolos culturales de ese Otro. Y es que escuchar música antigua es, a diferencia de otros géneros, una actitud ética más allá de lo estético.
www.capelladeministrers.es Relacionados// Iván Sánchez Moreno

yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Capella de Ministrers / Moresca