Cañizares | Goyescas

Goyescas
Cañizares
| “Goyescas”
Sony Music, 2012
Enrique Granados (1867-1916) es uno de esos autores familiares, eternos y tan prodigados como de cita ineludible cada año. No hay recital de piano o guitarra ni disco de flamenco que no devuelva algún guiño al maestro leridano, como a menudo asoma por entre las notas del soberbio Barlande de Pedro Soler y Gaspar Claus (InFiné, 2011) que ya comentamos en esta revista. Para celebrar sus cuatro décadas de dedicación profesional a la guitarra, Juan Manuel Cañizares homenajea a Granados reescribiendo y grabando una nueva versión de la suite de Goyescas –de la que asimismo se cumplió su primer centenario–.

Basado en los tapices del sordo de Fuendetodos, Granados quiso con estas Goyescas subrayar los aspectos bucólicos, festivos y llenos de gracia de las célebres imágenes inmortalizadas por Goya, tan sólo sugiriendo o apuntando los pasajes amargos para que éstos no impregnaran demasiado su música. En eso, Cañizares ha sabido entender muy bien el sentido estético de la obra, sin caer en la frivolidad ni en el virtuosismo del malabar. Oda al amor contemplativo y el vitalismo del dolce far niente, Cañizares ha elevado la categoría de Goyescas a la de las suites para violoncello de Bach, en manos de Pau Casals. Sin aspavientos ni ombliguismos, delegando el exhibicionismo para otros egos, el tocaor lleva la obra granadina al terreno de lo íntimo, de la compañía grata que alegra las mañanas soleadas de domingo. Con una claridad prístina en el rasgueo, que permite al oyente seguir sin dificultad la sintaxis de las frases y la estructura de las piezas –a veces de Goyescas-picuna complejidad endiablada, como El Fandango de Candil–, el intérprete enfatiza en los detalles tímbricos y en el brillo de la guitarra, entre otros aspectos técnicos. Para darle el volumen dimensional que inevitablemente se pierde en su “traducción instrumental”, Cañizares se desdobla en dos guitarras, superponiendo planos, remarcando los acentos o estirando otros elementos como en un cuadro picassiano, tal y como hiciera Glenn Gould hace medio siglo a partir de las transcripciones pianísticas de Bach.

Granados compuso las Goyescas con la intención de desmontar los clichés españolistas que la Carmen de Bizet había difundido tramposamente por el mundo. Para ello se inspiró en una tragedia de ribetes shakesperianos ambientada en la pradera de La Florida madrileña, describiendo musicalmente los dimes y diretes entre Paquiro, Rosario y Fernando –o sea, el trío clásico formado por un torero, una maja y un guardia civil–. No es difícil intuir la influencia que el impresionismo de Ravel y Debussy, por un lado, y el tardo-romanticismo de Chopin y Schumann, por el otro, marcaron en la formación académica del autor, un discípulo aventajado de Felip Pedrell al que sin embargo reprocharon en vida ser más sentimental que técnico… razón principal por la que aún hoy es reconocido y estimado por todo el mundo casi un siglo después de su muerte. En efecto, a su vuelta de EEUU, tras un triunfal estreno de su obra maestra en el Metropolitan de Nueva York, un submarino alemán torpedeó el barco en el que viajaba.

Pero sería injusto reducir a una sola obra todo el mérito de Granados, quien cultivó también la ópera, la zarzuela, la música sinfónica y de cámara. Cabe reivindicar otros títulos menos conocidos pero tan o más interesantes que las Goyescas, como la Liliana cuyo libreto firmó Apel·les Mestres, o la obra póstuma de su amigo Isaac Albéniz (Azulejos) que él terminó con escrupulosa dedicación, o sus versiones de Scarlatti y de los versos de Dante y Petrarca, entre otros grandes de la literatura –de hecho, entre su círculo de amistades se contaba con lo más granado (nunca mejor dicho) de la intelectualidad española y catalana, como Azorín, Valle-Inclán o Maragall, así como figuras de la pintura como Rosiñol, Picasso o Casas–. Estas Goyescas de Cañizares, además, incluyen una animadísima revisión de El Pelele, originariamente dedicado al músico Enrique Monturiol y que su autor presentó en su momento en la mítica sala Pleyel de París.

No obstante, no es ésta la única incursión de Cañizares en el repertorio clásico. Anteceden la Suite Iberia (Sony/BMG, 2008) y la Original Transcripción de Albéniz (Nuevos Medios, 1999), en las que tributa al genio de Camprodón, además de su intervención en el legendario disco del Concierto de Aranjuez de Paco de Lucía / Joaquín Rodrigo (Philips, 1991). Al margen de su formación junto al citado maestro De Lucía, también ha colaborado con Morente, Camarón, Chieftains, Leo Brower y Peter Gabriel, entre otros nombres destacados de la world music y la música en general (esa que se suele escribir con letras mayúsculas en las cabeceras de cartel, y por encima incluso de las obras que tocan). Cañizares ha acaparado galardones tan consagrados como el Premio Nacional de Guitarra (¡con sólo 16 primaveras!) y el Premio Nacional de Música hace apenas un lustro, además de cosechar las mieles del éxito tanto en el flamenco como en el jazz, el ballet y el cine como compositor e intérprete. Este último trabajo, co-producido con su mujer y prologado por unas amables palabras del director artístico del Teatro Real de Madrid, viene a confirmar el por qué de que el apellido del artista luzca más grande en la portada que el del autor. | + info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno 

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