Cabaret Victoria

CabaretVictoria
Cabaret Victoria

Sala Fènix, Barcelona.
27 de febrero de 2014

Una cosa es el cabaret y otra muy distinta esos rancios espectáculos de burlesque que sólo buscan provocar la triste erección de un pajillero de edad provecta. Hecho este pertinente apunte conviene distinguir el cabaret como un género escénico que combina todo tipo de variedades –magia, mimo, danza, teatro, canción, etc.– como vehículo para la crítica social. A finales del siglo XIX y principios del siguiente, el cabaret se consolidó incluso como un estilo de vida, mal visto por las clases pudientes, incómodo para las mentes bienpensantes y, en consecuencia, prohibido por muchos gobiernos de cariz conservador. Como ejemplo baste recordar los regímenes de censura del nacional-socialismo alemán tras la crisis de la República de Weimar.

Al respecto, política, sexo y religión serían las principales dianas de los dardos cabareteros. A ello cabe añadir la seducción de la poesía, la música, el arte actoral y, por qué no, también el estímulo que inspiraran las bebidas y otras sustancias que se consumían durante la función mientras la compañía de turno deleitaba al público con un catálogo diverso de números escénicos.

Así lo entendieron los responsables del Cabaret Victoria dirigido en comandita por el prolífico Felipe Cabezas y el polifacético Pere Cabaret. El primero, obrando como maestro de ceremonias, voceaba cada intervención y arengaba al público desarrollando una suerte de Javier Gurruchaga provocador y lisonjero, pícaro y adulador, de nombre Capitán. Messier Cabaret secundaba los cuadros al timón de una pianola que hacía sonar alternándose con el acordeón y un abanico de efectos percusivos. El resto del elenco lo conformaban la sin par Judith Alarcón en el papel de una aguerrida amazona pirata de armas tomar (Plutonia), Nelo Sebastián como émulo de Arthur Rimbaud, Elena Visus derrochando tanta sensualidad como, en proporción inversa, una jibarizada inteligencia para su cándida Mina. Y cómo olvidar a Ágata La Gatta, la mascota de esta extraña tripulación que proponen un viaje (sin más equipaje que la imaginación, como cantan al inicio) por los mundos de la fantasía decimonónica y victoriana inspirada por las aventuras de Julio Verne, el slapstick del cine mudo, el terror gótico de Edgar Alan Poe, entre otras influencias a caballo entre los siglos.

Aprovechando al máximo los mínimos recursos, el Cabaret Victoria se nutre de la estética del steam-punk engarzando sin parar un sketch detrás de otro. Para ello, la ambientación resulta fundamental para dotar así de continuidad y coherencia a todo el conjunto, así como la ajustada interpretación de todos los actores. Éstos dan vida a sus papeles caracterizándolos con personalidades muy bien perfiladas, eludiendo los tópicos comunes. Manteniendo un ritmo acelerado –físicamente agotador, cabría decir– y arropados en todo momento por las risas de la audiencia, los integrantes de la compañía brillaron sobre todo por el uso de las voces (¡qué bien declaman sus textos!) y en las canciones escritas expresamente para el espectáculo por Gabriel Sicilia y el citado Pere Cabaret –la única excepción es el guiño a Nino Rota en la orgía de Casanova, basándose en la barroca versión cinematográfica de Federico Fellini (1976)–.

En escena entrecruzan a Rimbaud, Gogol, Harry Houdini, el doctor Frankenstein y hasta una tormenta eléctrica como las que tanto fascinaban a Tesla. Pero donde lucieron todo su talento para jugar con el ethos del público fue sin duda en el sainete protagonizado por un Don Juan senil que, pasado por la revisión de Honoré de Balzac, bebía indistintamente de la commedia dell’arte y el cuplé andaluz. El otro pico mayúsculo fue para El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann, el clásico relato que despertó antaño el interés (y el miedo, todo sea dicho) del mismísimo Sigmund Freud. Pero la célebre obra romántica –llevada a la ópera por Jacques Offenbach en los tiempos en que se promovía el can-can en los cabarets de París– fue aquí puesta en boca de una marioneta con problemas existenciales y aquejado de delirio crónico. La constatación de que él/ello era el más humano de cuantos autómatas le rodeaban producía idéntica inquietud en quienes creemos que el extremo de zombificación de la sociedad cultural ha llegado a su cota máxima en la actualidad.

Menos mal que nos quedan antídotos como este Cabaret Victoria, que volverá a la Sala Fènix a partir del verano tras el rotundo éxito que ha tenido desde su estreno el año pasado. No sólo han prorrogado casi dos meses más por la demanda del público, sino que incluso han doblado con dos funciones por noche. Ese reconocimiento es tan meritorio como merecido. Comprueben por qué lo digo si se cruzan en la cartelera con este cabaret, no se arrepentirán. +Info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno