Buddy Guy

Buddy Guy 
Barcelona, Apolo 
7 de junio de 2007

Día realmente importante el de la fecha de cabecera para los amantes tanto del blues como de sus leyendas. Había una presencia del protagonista en la primera parte de los años noventa en el Festival de Blues de Cerdanyola, de la cual un servidor no tenía referencia. Más allá de ésa, no es un asiduo visitante de nuestras tierras este bluesman nacido en los campos de Louisiana, pero cuyo nombre va unido a lo mejor del sonido de Chicago desde hace medio siglo, respetado por contemporáneos y paisanos e idolatrado por rostros pálidos de apellidos tan recurrentes como Clapton, Beck o Richards. De la corta velada de noventa minutos nos quedaron algunas cosas claras al respetable asistente que, dicho sea de paso, se entregó desde el primer momento.

Para empezar, lo básico: lo que hace este hombre con su inefable guitarra Stratocaster no es habitual ni está al alcance de mucha gente. Sus riffs, tórridos o pausados, sus cambios de ritmo inverosímiles, su dominio, tanto de las cuerdas como de los pedales diversos, son los de un gran maestro. Su sentido del espectáculo puede parecer a veces discutible y alejado de la ortodoxia bluesera, pero hay que tener en cuenta que Buddy Guy es un auténtico showman: gamberro, cachondo, procaz, incluso rijoso y un pelín obsceno si se tercia, dio un recital en el que unió su virtuosismo ultraterreno a unos modales totalmente terrenales. Parte de ese espectáculo fueron sus continuos guiños e imitaciones de compañeros, colegas y amigos diversos, cuyos nombres van apareciendo en diversos párrafos de esta crónica. Otra parte de la pirotecnia la constituían sus muecas, el uso de las más variadas partes del cuerpo para pulsar las cuerdas (codos, dientes, por la espalda) y el largo paseo que se dio por la platea y el anfiteatro mientras continuaba su performance con el respetable y lograba alguno de los mejores momentos de la noche.

Los temas interpretados, tanto los propios como los  prestados, se alargaban, reducían o se cabalgaban entre ellos según el antojo o apreciación del momento por parte del jefe. Clásicos tanto del blues como del soul: She’s nineteen years old o Hoochie coochie man de su compañero y maestro Muddy Waters y su fiel escudero Willie Dixon, Dreams to remember de Otis Redding, Boom Boom de John Lee Hooker –comenzado, luego interrumpido y finalmente recuperado diez minutos después– o la portentosa versión de Voodoo Child de Jimi Hendrix en el bis recibieron un tratamiento especial que demuestran que don Buddy es capaz de releer y reinventar aquello que otros compusieron.

No hay historia sin secundarios de lujo. En este caso al maestro lo arropaban cuatro tipos de impresión. El fornido guitarrista, de nombre Rick Hall y con pinta de pandillero de barrios poco recomendables, se lució (y de qué manera) en un par de solos con permiso del mandamás. Cubrió también ocasionalmente el papel de solista el encargado de las teclas (la única nota de color blanco del combo), Marty Sammon, que mantuvo un par de interesantes dálogos-duelos con el jefe. La sección de ritmo, representada por Tim Austin, inmenso baterista de sonrisa imperturbable cual Buda sedente, y el bajista Orlando Wright, se dedicó a lo que se espera de ella: solidez, consistencia, compenetración y trabajo sin desmayo. // Antonio Gázquez

Postdata Y pasó al lado de un servidor y me soltó “Say yeah!!”. ¿Y qué hice? Pues decir “yeah!”. ¿Qué otra cosa podía hacer con una Stratocaster en los morros y aquellos dedos infinitos pulsándola?