Billy Bragg

bragg.jpg Billy Bragg
Barcelona, Bikini
15 de octubre de 2009

Divertido, intenso, combativo y eléctrico, Billy Bragg se presentó ante una audiencia fiel (todos acudimos sabedores del evento político-musical que íbamos a vivir) con la única compañía de dos guitarras, una armónica y ¡una taza de té! (diría que es la primera vez que veo a alguien en el escenario bebiendo una infusión). Al estilo de Elliot Murphy, otro incansable trabajador de la vieja escuela rockera, Bragg se ha paseado en solitario por territorio ibérico durante varios días para presentar las canciones de su nuevo disco (Mr. Love and Justice, Cooking Vinyl, 2008), para recuperar piezas memorables de su repertorio (son ya tres décadas en la carretera) y para recordarnos que hay personajes que conservan su carácter combativo (de sobras es conocida su continuada actividad política, siempre del lado izquierdo). Con sus jocosos y precisos comentarios sobre la realidad social que vivimos entre tema y tema, Bragg no defraudó al público y fue desgranando temas como la humanista I keep faith, la épica O freedom, la melancólica I ain’t got no home in this world anymore o la esperada Old Clash Fan (el sentido homenaje del londinense a su ídolo y guía Joe Strummer). La tensión de la sala fue subiendo poco a poco hasta que Bragg, lanzado a tumba abierta, derrochó energía y entrega en los temas finales, temas que en algunos momentos exhibieron una energía punk. Los noventa minutos de concierto, además de pasar en un santiamén, nos dejaron la sensación de que Billy Bragg se mantiene en un excelente estado de forma, consciente de que sus canciones siguen siendo tan útiles en estos atribulados tiempos como en aquellos inicios musicales que el bueno de Bragg vivió bajo el tatcherismo. Peina canas, gasta barriga, ya conocemos algunos de sus trucos… Pero siempre es interesante y estimulante vivir una ceremonia comunicativa como las que ofrece el bardo de Barking. Porque, como canta en uno de sus temas, there is power in a union. www.billybragg.co.uk Relacionados // Jordi Urpi