Arto Lindsay

Arto-Lindsay
46º Voll-Damm Festival Internacional Jazz Barcelona
Luz de Gas, Barcelona.
1 de noviembre de 2014

Arto Lindsay sale a escena con una barba rasposa de varios días, con pinta de haber sido arrancado de una siesta a destiempo. Lo cierto es que acababa de aterrizar de un bolo en Tokyo: dan fe de ello las letras niponas de la camiseta que lleva puesta y que se diría ha usado de pijama en las últimas horas. Ver por primera vez a Arto provoca la impresión de estar frente a una especie de sabio despistado a quien le han colgado una guitarra eléctrica por equivocación. Corto de vista, tocado con unas sempiternas gafitas redondas y una calvicie rodeada de guedejas de pelo que hace treinta años dejó de ser una amenaza para convertirse en realidad, invadiendo terreno hasta juntar frente y coronilla, pareciera que Arto Lindsay fuera un oficinista pusilánime y gris incapaz de decir un solo taco –los suelta a kilos– y de sonreír siquiera –lo hace a carcajadas, como un niño travieso con progeria, o como un anémico puesto de anfetas–. Pero este aparentemente hombre anodino, tan alejado de la típica imagen del rock-star sería un canguro peligroso para nuestros hijos porque sabemos que, al tener una guitarra entre las manos, se transmuta en un extraño insecto que cuando pica hace pupa.

Siempre reinventándose, Lindsay ha sido desde pequeñito un culo inquieto que terminó residiendo en Rio de Janeiro en concordancia con su querencia por la yuxtaposición musical y la fusión de lenguajes, incluyendo al ruido entre éstos. La elección de Brasil no fue caprichosa, pues es el Estado del mundo donde cohabitan más africanos y japoneses fuera de sus respectivos países de origen. Esta disparidad cultural atraería significativamente a Arto Lindsay, quien se define a sí mismo como un perfecto neoyorquino precisamente porque prefiere el anonimato antes que el estrellato y que se siente más seguro con el desarraigo perpetuo, ondeando el cosmopolitismo como única bandera. Ésta es la tesis que subyace en el fondo de su “nueva” Encyclopedia of Arto Lindsay (Northern Spy, 2014), un doble CD en el que revisa su variada trayectoria.

Ésta parte de sus inicios en el noise, tanto de la mano de grupos como DNA como chirriando entre las filas de bandas de pose cool como Lounge Lizards, Ambitious Lovers y Golden Palominos. Fue la época en que se le encumbró como uno de los ideólogos del efímero pero muy relevante movimiento no-wave, totalmente opuesto a las tendencias neo-románticas del pop-rock de la década de los ochenta. Luego vendría su salto a las costas brasileñas, redescubriendo el tropicalismo y la bossa nova. A partir de ahí, firmaría en solitario discos amables como O Corpo Sutil (Rykodisc, 1996), Mundo Civilizado (Rykodisc, 1996) y Noon Chill (Rykodisc, 1997), al tiempo que se prodigaría en labores de productor para un largo listado de autóctonos: Marisa Monte, Caetano Veloso, Carlinhos Brown, Tom Zé… Después vendrá un recrudecimiento de su vena más experimental tras sus colaboraciones esporádicas con John Lurie, Ryuichi Sakamoto, Matthew Herbert, Laurie Anderson, David Byrne, Uri Caine, Ikue Mori, Jun Miyake o John Zorn, entre muchos otros. Dichas enseñanzas quedarían plasmadas en obras redondas como Prize (Righteous Babe, 1999), Invoke (Righteous Babe, 2002) o Salt (Righteous Babe, 2004).

La última vez que estos oídos le gozaron fue en la sala Bikini, presentando el citado Salt. A la banda le faltó allí la garra que exhibieron esta noche en Luz de Gas. Secundado por los fieles Melvin Gibbs al bajo, Marivaldo Paim en las percusiones, Paul Wilson en los teclados y un jovencísimo batería (Kassa Overall, un nombre a recordar), eran altas las expectativas de que, como hiciera el pasado verano en Madrid, invitara a subir a escena al mismísimo Marc Ribot. No fue el caso, pero no importa. Arto venía a estrenar en tierras catalanas su disco recopilatorio en un certamen mundialmente consolidado de música al que la etiqueta de jazz se le queda corto. Y es que contar con Arto Lindsay en su programa reviste ese riesgo. Porque si cabe entender a Lindsay como artista de jazz, resulta más libre y anárquico que el propio free-jazz. Dado que su estilo no responde a ninguna lógica, etiqueta ni estética, a Lindsay hay que darle de comer aparte.

Imaginen pasar un globo con insidia por una superficie de vidrio, mientras de fondo suena una samba. Intenten recrear en su mente una bossa nova al tiempo que un bulldozer barre la playa con saña. Subviertan una conga carioca en punk-funk o clávenle algún apunte desencajado de electricidad discordante en una bonita balada de medio tiempo. Nada, absolutamente nada, queda impune en las manos de Lindsay. Ni siquiera es comparable el artista que oímos en sus discos –pulcro, cuidado, riguroso– con el que sube al escenario –sucio, caótico, avasallador–. Háganse a la idea: lo que habitualmente son las pruebas de sonido para afinar un instrumento forma parte del espectáculo. Tiempo atrás, también el pianista Glenn Gould apostó por integrar en sus grabaciones el propio chasquido de la silla y el ruido ambiental que se colaba en los micrófonos, discutiendo sobre los relativos márgenes de lo que es distorsión para unos y arte para otros. En Lindsay, los accidentes y acoples de guitarra, por tanto, son tan justificados como bienvenidos.

Arto confunde porque al salir a escena podría hacer pensar en que toca como si tuviera una guitarra eléctrica entre sus manos por primera vez, rayándola con trallazos histéricos y breves de gato furioso y destilando riffs repentinos como si se le cayeran los dedos torpemente por encima de las cuerdas. Sus gestos también están en las antípodas del guitar hero, moviendo los brazos con resortes elásticos similares a los de esos pinochos venecianos de madera a los que se tira de un cordel entre las patas. Impulsivamente, Arto Lindsay se encorva sobre la guitarra, como si sufriera con gusto masoquista de intensos dolores por un cólico nefrítico o se estuviera haciendo una manola salvaje en directo; comienza a pisar pedales y golpear ligeramente la guitarra, para ver qué pasa, mientras canta en inglés o en portugués con una actitud desganada pero con el cuerpo poseído por algún diablo esquizofrénico, como un Kurt Cobain con alopecia; inmediatamente frena toda pulsión y se queda rígido, interactúa con sus músicos y empieza a improvisar dúos y tríos sin tregua ni ninguna regla definida; vuelve de nuevo a recuperar el ritmo, pero poco faltará para que, una vez más, se encargue de acuchillarlo, rompiéndolo en mil pedazos entre alaridos y grititos onomatopéyicos de monito loco. Así es Arto Lindsay.

En la extraña y fea guitarra verde de plástico barato con la que subió al escenario hallamos un símil del artista. Por su mástil asomaban las cuerdas rizadas y sin cortar, abiertas como las hojas de una lechuga o como las antenas de una cucaracha mutante con la que Arto iba a demoler en comandita una serie de melodías propias y ajenas para pegarlas de nuevo, pero con engrudo tóxico, dedos leprosos y los ojos ciegos. El resultado, como no podía ser de otra manera, se rige por el imprevisible lema “destruir para construir” –no es casualidad que sea el autor del epílogo que cierra la última biografía de Einstürzende Neubauten–. Lo suyo es casi un nihilismo vitalista. Si Jackson Pollock fuera músico, sería Arto Lindsay, salpicando ráfagas de metralla sobre un lienzo blanco.

Por supuesto, no fue el único responsable de tamaño cometido. Con la maquinaria rítmica muy bien engrasada, tan bien compenetrada entre sí, Lindsay engarzó una suite de una hora de nerviosas muestras de su ecléctico repertorio, acabando el acto y a petición del público, tras una hora y cuarto de concierto y bises, con una anodina versión de Beija-me interpretada con más voluntad que pericia. Fue quizá un traspiés que no desmereció el conjunto, más escandaloso que el que organizaría una banda heavy y sin apenas despeinarse, y en el que destacó una vez más Melvin Gibbs demostrando sus buenas artes con el bajo, con aplomo, seriedad y una fuerza sin parangón y, mejor todavía, dúctil con todo tipo de géneros. Aunque luego venga Arto por detrás con unas tijeras y los reduzca todos a confetti o a polvo. + info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno