Angélique Ionatos

Angélique Ionatos
“Eros y muerte”
Naïve, 2007
www.angeliqueionatos.com

Tan importante es para un cantante el texto escogido como el arreglista que le da forma. Si Jacques Brel tenía a François Rabbath, Frank Sinatra a Nelson Riddle, Paul McCartney a George Martin y Richard Cocciante al maestro Ennio Morricone, Angélique Ionatos cuenta con las virtudes de Michael Nick, un violinista curtido en mil bambalinas como músico de sesión en discos ajenos. Por su parte, Ionatos lleva ya más de treinta años de carrera buscando un idioma propio, sin acabar de definir del todo un estilo personal. Por eso su música sabe, según el momento, a blues, a chanson, a folk griego, incluso a tango piazzollero. Pero es el arte en los aderezos lo que le confiere un sello distintivo, como pone de manifiesto una joyita como Issiha ke sigala. Tras su homenaje a Frida KhaloAlas pa volar, Naïve, 2003–, presenta ahora un cancionero que versa sobre el íntimo idilio entre Eros y Thanatos, cuya autoría se reparten Kostis Palamas, Kostas Karyotakis, Anna de Noailles y Pablo Neruda, con música de la propia Ionatos. Sin embargo, las adaptaciones del poeta chileno son quizá las que salen peor paradas, dado el dominio algo atropellado del castellano de la vocalista, quien canta con una voz hosca, honda y rasposa, como profundo sea el amor y el dolor que sigue al deceso. Sin morbosa gratuidad, sin el corazón desbocado por la pena ni la alegría, sin la mente enajenada por la ceguera de la emoción sin medida, Angélique Ionatos canta con necesaria distancia, sobre todo cuando cita a Neruda, para quien el amor sobrevive a la muerte mientras la muerte destruye al amor. Así, No le toque la noche haría las delicias de un oscuro Angelo Badalamenti y Amor mío, si muero presume de una épica romántica muy del gusto de Mina, aunque otras piezas más "de raíz", como T’aghioklima o Mera T’aprili, tengan aires de lied impresionista. En definitiva, una jugosa variedad que peca en exceso de sobriedad y elegancia, que pide a gritos menos contrición y más arrojo: el tratamiento que recibe aquí el amor es tan gélido como el beso de la muerte. // Iván Sánchez Moreno