Ángel Luis Quintana & Carmen Martínez

porcdc005.jpgÁngel Luis Quintana & Carmen Martínez
“Requiebros”
La Ventana Azul, 2009
Por desgracia, en este país de peinetas y barretinas, sol y sombra al ruedo y moscas insidiosas de agosto, hablar de música española se reduce a cuatro triunfitos de quita-y-pon, dos o tres copleras de do de pecho siliconado y varios grupillos diseñados para la radiofórmula. Más allá de ese flamenco “de raíces” –o sea, la música arábigo-andalusí–, poco o nada queda de la música que antaño internacionalizó unas formas identitariamente patrias, de cuando pensamiento y arte no estaban tan embrutecidos por un orgullo interesadamente político que confunde tradición con demagogia. Eran otros tiempos, claro, de respeto hacia el pasado y no con tantas miras al presente de al lado. Al final, todo suena homogéneo y previsible, un calco entre vecinos con deje anglosajón. Hablo de hace menos de un siglo, época de esplendores culturales cimentados desde gobiernos más filantrópicos que los actuales. Literatura, artes plásticas, música y ciencia se daban la mano entre comunidades y pueblos, y tanto valor social tenía el estreno de una cobla de Enric Morera que una pequeña ópera de Felip Pedrell, una exposición de Zuloaga o un mural mironiano, una conferencia de Ortega y Gasset o una obra lorquiana… ¡Qué nos quedó de todo aquello, sino la bruma mohosa en libros que nadie lee! Por eso resulta un valiente regalo que jóvenes intérpretes rescaten las piezas de aquel no tan remoto pasado –¡el de nuestros abuelos!: ¿es que no es bastante importante para entender nuestra propia vida?–. Y más si encima el producto es tan bello y bien grabado como esta colección de Requiebros.
La generación que creció mecida por las arcadas de Pau Casals, que peló la pava en sotto voce tomando la mano de la persona amada arropados por la oscuridad de un rancio cine mudo, esa misma generación podrá cerrar los ojos hoy con placer para evocar su mancebía oyendo los sones que Quintana & Martínez entretejen a dúo –con el exquisito mimo de Jérôme Hallay en el equipo técnico–. Véase qué programa: Discípulo del citado Casals, Gaspar Cassadó compuso una preciosa Sonata de “estilo español” que combinaba acentos andalucistas y románticos que en ocasiones –como es el caso del movimiento Grave– erizan los vellos por su arrebolada sensibilidad, lo mismo que pasa con la Suite española de Joaquín Nin fuertemente inspirada por las Siete canciones populares de Manuel de Falla, aquí transcritas para piano y chelo. Entre el gracejo típico del pasodoble taurino y la arrastrada pasión y el ritmo cromático de las danzas folklóricas, ambas obras están tocadas con una intensidad inquietante: sirvan de ejemplo la Jota, la Nana y el Polo, soberbia lamentación amorosa donde el chelo se expresa rabioso y desbocado sobre un piano galopante. Cierran el disco una revisión de la Pampeana de Alberto Ginastera –con claras connotaciones norteamericanas– y un Gran Tango de Astor Piazzolla escrito tras su experiencia europea junto a Nadia Boulanger. Magnífico broche tan romántico –y hasta agresivo, como es menester en toda interpretación del argentino: sin concesiones al sentimentalismo ñoño ni a la escucha cómoda– como coherente, pues sitúa los márgenes del repertorio a las puertas de los cambios de siglo, estableciendo un puente entre el ayer y el hoy y, entre Requiebros, quebrando fronteras entre estilos y orillas. Hablaba de cuando la música era universal sin dejar de ser local, cuando nada sonaba a todo.
El canario Ángel Luis Quintana –solista de la ONE de Josep Pons y miembro activo del grupo Zarabanda– y la catalana Carmen Martínez –alumna de Luiz de Moura, Josep Colom y Carles Guinovart, entre otros– han orquestado una preciosa joyita, siguiendo con proyectos de especial atractivo como El Carnaval de los animales de Camille Saint-Saens junto a Joan Manuel Serrat; el Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen, con la voz de Lucía Bosé; Le Livre de Sable, banda sonora de Bruno Coulais (el autor de Los chicos del coro); Lalai, canción de cuna para despertar, dedicado por entero a mujeres compositoras (Ventilador, 1997); When Baroque Meets Jazz, al alimón con Manel Camp; El Agua y los Sueños, de Marisa Manchado (Sello Autor, 2008); la integral de piano de Frederic Mompou (La Ventana Azul, 2010) o los Festivales Jazzetania y Pirineos Classic, de los que Martínez es directora artística. Repasando semejantes currículums, decididamente se tiene que admitir que la calidad humana reside en los márgenes del mainstream musical, no en las listas de éxitos del presente. // Iván Sánchez Moreno