Ana Alcaide

ana-alcaide.jpg Ana Alcaide
"En Concierto"
Lubicán Records / Karonte, 2009

Si en Canadá tienen a Loreena McKennitt, en Irlanda a Clannad y en Catalunya a Arianna Savall, en tierras castellanas presumen de Ana Alcaide. Todo apuntaba a que iba a convertirse en una bióloga de renombre -entre sus trabajos científicos se encuentra un interesante análisis comparativo de los hongos que crecen en el desierto californiano y un curioso estudio sobre la construcción de nidos de algunos pájaros escandinavos-. Sin embargo, por una de esas casualidades de la vida, su querencia musical terminó de virar el destino por otros meandros. Y así, tras debutar con Viola de teclas (Lubicán Records, 2006), seguido de Como la luna y el sol (Lubicán Records, 2007)-, presenta ahora en formato DVD una selección de canciones sefardíes grabada a puerta cerrada a principios de este año y con un público reducido en la Sinagoga del Tránsito, antiguo templo judío del siglo XIV en plena ciudad de Toledo. Aprovechando las cualidades acústicas del lugar, Alcaide y su banda consiguen un ambiente íntimo, propiciando el recogimiento. Por descontado que ayuda ese aura mística que fluye en el sitio elegido para el concierto, amén de la preciosa voz de la artista.

En lo técnico, el trabajo es impoluto. No podría ser de otra manera, estando tan bien arropada por los multiinstrumentistas que la acompañan: el arreglista Carlos Beceiro y Jaime Muñoz, miembros fundadores de La Musgaña, y Bill Cooley, especialista en el folk árabe, todos ellos viejos conocidos por sus colaboraciones con una larga ristra de artistas de la worldmusic (Carlos Núñez, Kepa Junkera, Dulce Pontes, Eliseo Parra, Cristina Pato, Dimitris Psonis, Luis Delgado, La Capella de Ministrers y Luis, Carlos y Eduardo Paniagua, entre otros).

Intercalando los temas con breves fragmentos -que de tan cortos diríase fugaces- de una entrevista a la cantante en un patio interior, las imágenes videográficas tienen su máximo atractivo en hacer visible una buena muestra de instrumentos tradicionales de órdago: desde la nyckelharpa (una compleja viola formalmente similar a un santur rasgado; vale mucho la pena verla/oírla en Debajo de los tilos o usándose de base en la nana Durme, Durme) a la viola amarantina que toca ocasionalmente Beceiro, hasta el cittern o la colección de percusiones étnicas y los diversos tipos de instrumentos de cuerda y viento que sopla Muñoz.

De origen sueco, la citada viola que esgrime Alcaide confiere al conjunto un sonido que empasta muy bien con un repertorio que a priori parecería venirle grande por ser "foráneo" a su historia. Por el contrario, tal vez la frialdad emocional que se desprende no provenga de la influencia de latitudes nórdicas, sino de la propia puesta en escena (que se suple -o así se pretende- con un mareante montaje en el que las cámaras no saben estarse quietas) y una música que reclamaría a ratos algo más de ritmo para no tentar al espectador con echar una cabezadita o dos durante su visionado. Quizá la preciosa historia que cuenta Las tres hermanicas y las Seguidillas castellanas levanten la moral y de paso inciten un poco a los pies a moverse al son, pero no alcanzan a conmover. Si la inmersión espiritual es lo que intencionalmente se buscaba provocar, a fe cierta que lo consiguen: seduce tanto la calma y bordan tan bien la paz que el oyente acaba por confundir la hora escasa que dura el DVD con la eternidad.

La lujosa producción -costeada por la propia autora-, el excelente sonido, el paisaje toledano y las biografías de los músicos que se ofrecen entre los extras son un valor añadido del DVD, aunque de todos ellos el más preciado es sin duda la recuperación de los textos ladinos, una lengua derivada del castellano añejo y que se ha conservado en pequeñas comunidades repartidas por el Mediterráneo.

He ahí el principal reclamo musicológico de este documento. Ahondando en su investigación sobre estas músicas de raíz, Ana Alcaide glosa la nostalgia que el pueblo expulsado por los Reyes Católicos sentía por la añorada Sefarad, una emoción ambigua pues en ella se mezclaba además el dolor y el anhelo, el ideal de un pasado arrebatado junto al rencor de una patria traidora. Es significativo que muchos de los damnificados vieran su exilio como un período pasajero, llevándose consigo las llaves de sus casas para cuando pudieran regresar… Lo que resulta una leyenda ingenua tiene sus encantadores visos de realidad, pues en la actualidad algunos descendientes de aquellas familias judías han probado que las llaves que heredaron de sus ancestros tras tantos siglos de nostalgia latente aún encajan en las cerraduras de esas viejas puertas en España, de quejumbrosos goznes y tan carcomida madera por el llanto silencioso que el largo tiempo selló. www.anaalcaide.com, Relacionados // Iván Sánchez Moreno