Alex Ross

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“Escucha esto”, Seix Barral, 2012

Aunque la vendan como la secuela de El Ruido Eterno (Seix Barral, 2009), el nuevo libro de Alex Ross no sigue la estela historiográfica que abría aquél. En esta ocasión, Escucha esto persigue el muy honroso objetivo de derribar las fronteras entre las mal llamadas música clásica y música popular. Sirviéndose de una prosa afilada y un punto irónica, el autor se expresa con un estilo travieso y ágil mientras nos alumbra con sesudas reflexiones musicológicas. Si hubiera de buscarse un referente similar en materia de literatura ensayística, la obra de Ross estaría muy cerca de los Escritos Críticos de Glenn Gould (Turner, 1989). Como el pianista canadiense, a Ross no se le caen los anillos a la hora de citar en una misma página a Radiohead y a Olivier Messiaen, por ejemplo. Y lo hace de manera tan elocuente como natural, dando por sentado que lo único que separa el placer de la escucha de una u otra música es tan sólo el prejuicio particular de cada cual.

Véanse algunas muestras de lo que denuncia Ross: si la música “clásica” está asociada a una determinada clase social, ¿acaso no son menos ricos los que ocupan un palco VIP en un concierto de U2 que los que se compran un abono de gallinero en el Liceu para toda la temporada, a precios más asequibles?; si se piensa que la música “clásica” está dirigida a un cierto sector de edad, ¿por qué los miembros de todas las orquestas cumplen un joven promedio de años?; si la música “clásica” está en posesión exclusiva de los blancos, ¿por qué entre las máximas figuras actuales del gremio destacan nombres como los de Yo-Yo Ma, Lang Lang, Wynton Marsalis o Jessye Norman?; si la música popular se vuelve imperecedera, ¿pasa entonces a consolidarse con la categoría de “clásica”, como es el caso de los Beatles o del ancestral jazz de las big bands?

Cultísimo y lleno de referentes interrelacionados, el libro de Alex Ross compila veinte artículos publicados entre 1997 y 2010 en el New Yorker, desde la atalaya del crítico musical. El hilo común para la selección de los textos es que todos ellos ponen en entredicho los universalismos de la música, ya sean de carácter formal (como afirmaría tajantemente Eduard Hanslick) o emocional (según musicólogos como Peter Kivy). Al respecto, Ross no oculta su profundo conocimiento sobre la psicología del arte al citar autores capitales del área como John Dewey o William James, al sacar a colación entre otras cosas la inviabilidad de asentar un sistema de clasificación de los fans o aficionados, como pretendió infructuosamente Teodoro Adorno sin considerar que el público cambia tan rápidamente como los géneros, los contextos, las épocas y, lo que es más importante, los medios de producción y reproducción musicales.

AlexRoss LBUn capítulo sobre cómo los cambios tecnológicos condicionaron nuevos modos de escucha ya plantea en el lector serias dudas acerca de la artificiosidad de imponer etiquetas a la(s) música(s). El efecto random de los mp-3, sin ir más lejos, nos libera azarosamente de las fajas estilísticas o genéricas sin por ello atentar contra el gusto estético. De hecho, el mito de la precisión del intérprete también quedó históricamente tocado al evidenciarse que no existía una forma única y universal de interpretar tal o cual pieza, como puso de manifiesto el reflejo de cualquier grabación fonográfica. A partir del instante en que se logró fijar el sonido, se tuvo conciencia de necesidades hasta entonces inéditas como la afinación del instrumento en función de las cualidades acústicas del lugar, o pulir los manierismos típicos de cada músico (que quizá pudieran funcionar muy bien en escena para épater le bourgeois, pero que chirriaban en disco al carecer del apoyo visual). Ross sabe condensar y resumir con comodidad tesis más densas desarrolladas antes por gente como Peter Szendy, Tia DeNora, Sophie Maisonneuve, Paolo Magaudda o Antoine Hennion, y lo hace sin excesos teóricos ni conceptuales, dirigiéndose hacia un público amplio y novato en la materia.

A lo largo de sus más de 600 páginas, Escucha esto nos adentra en el origen del blues y su relación con el hip-hop; en la asociación entre madrigal y melancolía; en la construcción de un discurso psicopatológico sobre el jazz; en la prohibición que dictó Felipe II contra la chacona, a la que se acusó de danza inmoral, siguiendo el rastro de su estructura musical en el flamenco y en diversas canciones de Dylan, Ray Charles y Led Zeppelin… De paso, Ross también nos lleva de la mano de gira por el mundo con Björk, descubriendo en su obra inevitables reminiscencias del folklore islandés y la influencia de la particular naturaleza de su isla natal, amén de otros “préstamos” de Meredith Monk, John Cage, Arnold Schoenberg, Robert Wyatt o Karlheinz Stockhausen, rebajándoles las ínfulas intelectuales que suelen acompañar sus discursos estéticos y subvirtiéndolos bajo formas pop. No se olvida de enfocar su atención en aquellas rarezas que sentaron cátedra, como son los casos de Nirvana, Frank Sinatra, Cecil Taylor y Sonic Youth, cada uno en su campo propio: ya sea por convertirse en modelos excéntricos que paradójicamente crearon escuela, como por la complejidad idiosincrásica de sus respectivas propuestas.

No disimula Ross su contrariedad ante psicólogos que promulgan las dudosas excelencias del tan cacareado “efecto Mozart” –ya saben, la supersticiosa creencia científica de que la música clásica estimula al cerebro–, mientras que cada vez es más tristemente habitual cómo se reducen las asignaturas de música de los currícula escolares (ante este problema, Ross es partidario incluso de introducir la música “clásica” a través del hip-hop, en forma de bases o loops). Lo mismo dedica un capítulo a los nuevos compositores chinos, como le sigue otro sobre John Adams –no confundir con el compositor de Nixon In China–, una elocuente semblanza de Mozart en clave punk –subrayando su carácter anárquico, engreído y obsceno, su condición de urbanita irredento y sus prolíficos ataques de paranoia y depresión crónica–, o aborda a continuación la intensa impresión que sufrió Brahms tras la muerte de Schumann, maestro y amigo, que aquél achacó a los “excesos de la pasión” y no a la sífilis. El mismo Brahms serviría para desmontar los insanos prejuicios que separan la música “clásica” y la popular, dado que se esforzó siempre por adaptar las sonoridades zíngaras a la sensibilidad académica, tal y como después hicieran Kodaly, Bartók y Janacek con la música de los Balcanes.

Asimismo, Ross también suelta sus dardos contra esa creciente tendencia a valorar la música por factores extraestéticos, como ocurre con la enojosa insistencia de todos los biógrafos de Schubert por remarcar su homosexualidad. Ross establece un parangón con la repercusión mediática que tuvo Verdi en vida por razones foráneas a su obra y que sin embargo aún se mantiene hoy, imparable, inagotable y siempre de moda. Como colofón de sus críticas, le asesta un guantazo a ciertos directores de escena –como nuestro Calixto Bieito– por tergiversar los libretos de algunas óperas en beneficio de su propio ombligo, aprovechándose anacrónicamente de la fama ajena. Luego nos topamos con personajes como Esa-Pekka Salonen, un cachondo capaz de dirigir una orquesta con una lata de cerveza en la mano y que lo mismo disfruta interpretando a Mahler que escuchando a Shakira en el gimnasio. Bob Dylan será otro de los héroes de Ross, quien revisa las diferentes facetas de toda su obra.

Como ven, un ameno volumen de referencia que va a provocar el gozo de todos los públicos. No podemos dejar de mencionar la excelente labor de Luis Gago en la traducción, ni el fantástico diseño de la cubierta, ni la acertada inclusión de un apéndice con un listado de grabaciones escogidas por el autor para cada capítulo, ya sea por citarlas en el texto como también para contribuir a una escucha más activa y guiada de la música. Clásica o popular, qué más da. Sin duda, hacen falta más libros como éste.  +infoIván Sánchez-Moreno