Aiguallum. Veus de la diversitat

aiguallum.jpg Aiguallum: Veus de la diversitat
PEC / Fundació Orfeó Manresà, 2009

De vez en cuando se obra el milagro. En cierto lugar del mundo alguien está ahora mismo llorando feliz por una carta que habla de prosperidad y paz, que transforma la nostalgia en alegría y que colma de esperanza a quien la lee. Quizá ese pequeño sobre acolchado contenga además de bellas palabras también un CD con canciones nunca oídas pero tan ancestrales como las nubes del cielo. Pues bien, tal es el cometido de Aiguallum, hermosa iniciativa auspiciada por el Projecte Educatiu de la Ciutat de Manresa (Barcelona), promoviendo la cohesión social de los inmigrantes mediante la música de sus raíces. Centradas en el tema de la luz y el agua, las 21 composiciones fueron escogidas de su respectivo repertorio tradicional por cada uno de los presentes que cantan o tocan alguno de los instrumentos típicos de su cultura identitaria. Pese al amauterismo de la mayoría, han contado con la inestimable ayuda del arreglista y director musical del evento, Toni Xuclà (productor asimismo de una gran diversidad de artistas de todo género y estilos: Menaix A Truà, Taima Tesao, Ibrahima Kouyaté, Miquel Gil, Ginesa Ortega, Ovidi Montllor, Sopa de Cabra, Gema 4, y un largo etcétera). En el aspecto instrumental se ha cuidado el acento de los sonidos característicos de cada folklore particular, ya sea en los acompañamientos de cada voz como en los interludios e improvisaciones que sirven de cortinilla entre los bloques continentales (el baláfono y la kora –marimba y arpa africanas, respectivamente–, el qing chino y el ya universal djembé, el duduk y el saz balcánicos –flauta y mandolina muy habituales en Turquia, Siria, Armenia, Rusia e Irak, por citar sólo unos cuantos países–. Los músicos, en cambio, son todos de probado oficio, contando con colaboradores de lujo como Pep Pascual (Albert Pla, Pascal Comelade), Lou Hevly (“sesionero” que acompañó hace años a Los Rebeldes soplando saxo y clarinete) y los grupos Sidi Ifni y Djilindiang.aiguallumg.jpg
Entre piezas de corte más clásico también hay licencias más comerciales y hasta radiables como las del mozambiqueño Hernani Maja (Bulandé) o las rítmicas Amo del agua y La vida pasa –canción que sin duda dará envidia a Goran Bregovic por no haberla robado antes atribuyéndose la autoría, como acostumbra–. En este apartado hay sitio para lenguajes ya conocidos como el bluegrass, feliz derivado del denostado country (Cripple Creek, canción que ha generado una histórica disputa entre pueblos que afirman ser el del título), un merengue caribeño de Rafael Hernández “el Jibarito”, célebre compositor de boleros y otros sones afines (Linda Quisqueya) y, aunque falte un tango, se incluye en cambio un guiño a Argentina con la bonita Canción del Jangadero, un dúo entre El Negro Roldán y Javi Gianno, miembro de varias bandas de heavy-rock como Suicide Brothers, Nocterum y Profanos. Le van a la zaga The water is wide, céltica oda de origen incierto –que por cierto se cuestionan entre Escocia, Irlanda e Inglaterra, como siempre–. De hecho, la historia que cuenta parece igual de inquietante, pues versa sobre las ilusiones y los temores que inspira una luna de miel cualquiera –y si uno/a acaba de leer Chesil Beach de Ian McEwan (Anagrama, 2008) puede que le produzca incluso terror–. Por el contrario, temas como Pè Lugotevere combinan alegremente humor y amor en un registro que no desentonaría nada en un disco de Vinicio Caposella, tan animada como la canción de siega interpretada a tres voces por Valentina Nikolaeva –que secunda luego a su casi paisana Anna Sourkova en la tristísima Al carrer aigua, idónea para deambular bajo la lluvia como un perro abandonado–.
El agua cobra en este disco un peso muy marcado por su místico significado de fertilidad y vida, ya sea en emotivas canciones de amor ideal como la que ofrece Lusik Bazeyan o la Font “ding-dong” que Yong Quing Lao canta a capella con muy sutiles acentos de percusión que, de tan discreta, parece desaparecer en el silencio como las ondas en el arroyo. El otro símbolo es la luz, esencial en Lucero del alba, la llanera que Moritz Eiris canta con endulzada voz y que previamente recuperó del olvido Simón Díaz (y que fue justamente galardonado con un grammy por su trabajo de rescate musicológico).
La luz está presente en otros cortes como los de Beatrice Nyffenegger, prolífica escritora de cuentos para niños que ha seleccionado para la ocasión un pellizco de un cancionero suizo en el que se reúnen viejas tonadas de principios del siglo pasado; y de Martha Yasmin, oriunda de Chiapas y enamorada de estas tierras de acogida, quien por su parte ha escogido un huapango –forma musical híbrida entre el tradicionario indígena y la instrumentación proveniente de Europa (arpa y guitarra para el ritmo, violín y vihuela para la melodía) de José Alfredo Jiménez: A la luz de los cocuyos.
Pero aparte de la exótica invocación tribal en mandinga para la lluvia (Sama bi nala), la Sounde cantada en soninké –dialecto de Gambia– y las dos piezas de coro infantil (Aigua y Els meus ànecs, protagonizada por una simpática familia de voraces patitos), son las canciones tristes las que se llevan el pato al agua, nunca mejor dicho. Sobre todo la preciosa nana de aires hebraicos que ejecuta Natalya Chabanova –retengan este nombre: su voz es un diamante en bruto– y la melancólica Anèmona blava de Rikke Nygaard, basada en un texto del poeta danés Kaj Munk (quien fuera fusilado por denunciar en la prensa los crímenes de los nazis y del fascio italiano).
Recibir un regalo como Aiguallum es tan emotivo como acabar una carta con la frase “Cuánto te añoro”. Porque hacer realidad proyectos tan bellos como éste, metafóricamente dedicado al exilio de la tierra soñada o la distancia de la tierra amada, es dar opción a creer que sí, que existen milagros aún en día. // Iván Sánchez Moreno