A Filetta

A filetta A Filetta
Mediterrània, Fira d’ Espectacles d’Arrel Tradicional
Manresa, Kursaal
31 de octubre de 2008

El mayor problema de compactar una agenda con más de cien espectáculos en apenas cuatro días es que a menudo se van a solapar, quedando unos eventos desprovistos de convocatoria y otros espacialmente desbordados. Si a eso se le añade un fenómeno climático adverso y las  cancelaciones de muchos actos al aire libre –como el estreno mundial de la Electrosimfonieta del Sermó Neofital Hipargiològi perpetrado por Marcel Casellas y Danny Marquez (y Pau Riba, Enric Casasses, Carles Belda y muchos más) en homenaje al filósofo boletaire Francesc Pujols– y otros que por poco se frustran también –como el recital que oficiaron algunos alumnos de la ESMUC en una carpa que de tal inundación se venía abajo–, la 11ª Fira d´Espectacles d´Arrel Tradicional Mediterrània presentaba ese día un panorama algo descorazonador. Pero oasis entre la lluvia como la actuación de A Filetta (bajo cubierto) bien valen la pena. Aparte de ser un queso buenísimo y la hoja del helecho –una planta de raíces difíciles de arrancar–, A Filetta son capaces de hablarle a Dios con la rabia del orgullo herido, la humildad por bandera y el justo rencor soberbiamente humano. Fundado originariamente por pastores sin formación académica, el grupo ha ido variando sus miembros manteniendo siempre su personalidad gracias al esfuerzo de su líder por proyectar internacionalmente el canto corso. Conocidos por sus colaboraciones en bandas sonoras de Bruno Coulais –el de Los chicos del coro (Wea, 2004) y el documental aviar Nómadas del viento (Virgin, 2001)– y adaptaciones de Medea, Don Giovanni y Orlando Furioso, este coro hace de la voz estremecimiento. Creadores de música para oír entre penumbras, salieron a escena vestidos con un inmaculado negro, prestándose el septeto a corro a desgranar a capella el cancionero antiguo y popular de su tierra, temas de amor eslavos, extractos de la Pasión, melismas arábicos y motetes de la misa ortodoxa. Desde tiempos napoleónicos, la isla de Córcega reclama su independencia del gobierno de Carla Bruni. No es raro entonces que en su música se vierta la compasión y el dolor que en otra época sirvió a la liturgia religiosa. Tejiendo las magias del contrapunto sobre una base de canto gutural y partiendo de una afinación particular, A Filetta (dirigidos por el maestro Jean-Claude Acquaviva) se acompañó de la máxima expresividad y el mínimo gesto, forzando la voz hasta casi partirse, como una fina tela de hilos viejos. Ver al cantar sus rostros, rotos por la emoción contenida, pone la piel de gallina con sólo imaginar el sentimiento así atrapado. Y aunque el público no siempre respondiera con el silencio que merece esa solemnidad, en momentos como una Lacrimosa (llena de cambios y requiebros de una –paradójicamente– armónica disonancia) o el literal exorcismo del bis –tramando con pasajes bíblicos un ritmo coral–, el conjunto conseguía conmover las almas de los pocos asistentes a ese milagro de la secreta comunicación con lo pulsional (no en vano, el logo del festival emulaba unas manchas de Rorschach). Entre citas a literatos –Primo Lévi tras su paso por un campo de exterminio– y lapidarios versos sobre la necesidad de recordar y soñar (¿un apunte para el debate sobre la Ley de Memoria Histórica?) y momentos para el lucimiento individual de los integrantes, A Filetta dejaron a los congregados con el corazón congelado en el pecho, empapado de paz, después de una hora que supo a muy poco. A Filetta no se les va a escuchar: se ora con ellos. // Iván Sánchez Moreno