A Filetta

a-filetta-1.jpgA Filetta
CaixaForum. Barcelona
25 de abril de 2010


La situación geográfica de Córcega la convirtió –a veces muy a su pesar– en un bastión riquísimo de culturas e influencias en medio del Mediterráneo. Históricamente ha conservado un lenguaje musical tan particular como idiosincrático, un canto polifónico a capella de acentos y timbres absolutamente característicos. Nacido de la liturgia cristiana, el canto corso ha evolucionado hacia formas más populares como el cantu paghjella o los lamentu de infortunios y desamores, pero a lo largo de los siglos su pervivencia tan sólo fue posible a través del legado oral de padres a hijos. Cuántas bellas coplas corsas se perdieron antes del siglo XVIII por no haberlas transcrito en partitura.

Por eso, la recuperación del canto corso se ha convertido para los autóctonos de la isla en un deber ético más que estético. Entendido como uno de sus más preciados bienes, el canto corso es sobre todo un signo de identidad y un medio para presentar su visión de la vida ante el mundo. Sea en lengua corsa, sarda, griega, toscana, francesa o en latín, el canto corso se sustenta en armonías afinadas “de oído”, voces asilvestradas que parecen disonantes y que sin embargo entretejen unas fugas hipnóticas –los contrastes entre las tesituras no son nada sutiles y por ende resultan tan peculiares–, ornamentaciones libérrimas y melismas improvisados (de inspiración árabe, por su pasado sarraceno), A Filetta le añade un estilo vocal arriesgado y muy vivo, con una interpretación que de tan intensa –y no hay más que ver la comunión incluso física que hay entre los miembros del grupo sobre el escenario– contagia todo tipo de emociones sin que razón alguna pueda reprimirlas.a-filetta-2.jpg
Liderados por el carismático Jean-Claude Acquaviva (quien ingresara en sus filas en 1978… ¡con apenas 13 años!), el grupo A Filetta ya pone de manifiesto sus principios etnopolíticos en el mismo nombre, pues la hoja de helecho simboliza las raíces de los insulares que se niegan a abandonar su tierra natal. Con arreglos casi de vanguardia –pero sin perder pie en el tradición y en la técnica arcaica de cantos a tres voces–, A Filetta provocan en sus directos un estado de catarsis que no tiene parangón, para lo que se sirven de requiebros imprevisibles del ritmo y la melodía, dándole un peso significativo a los silencios y las pausas, y remarcando con los cambios y las inflexiones de voz aquellas palabras o versos en que subsiste la esencia del mensaje cantado. Así lo evidenciaron con su repertorio de la primera parte del concierto que nos ocupa, centrado mayormente en piezas religiosas como Kyrie, Benedictus, Dies Irae y un Pater Noster entre citas a Fernando Pessoa y René Char, entre otros. La segunda mitad se dispersaría por derroteros más populares: extractos de sus últimos discos –PassioneIntantu (2009, Deda) o Bracana (2008, Deda), de entre los veinte registrados desde su fundación hace más de tres décadas–, bandas sonoras de películas –como Himalaya (Eric Valli, 2000) o Don Juan (Jacques Weber, 1998), ambas compuestas por Bruno Coulais, el autor de Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004)– y músicas para danza contemporánea –In Memoriam (2004) y Apocrifu (2007), ambas del coreógrafo Sidi Larbi Cherkaoui–.
No acaban ahí sus colaboraciones. A Filetta se ha aventurado también en proyectos tan dispares y atractivos como un Requiem pour deux regards con textos de Primo Levi y Jorge Luis Borges, incursiones en el jazz de la mano de Paolo Fresu o experimentos conjuntos con los percusionistas de Kodo. Pero la sola presencia de Acquaviva dirigiendo con gestos tensos y tan expresivos a sus compañeros en el centro del semicírculo, tal y como se disponen los integrantes de A Filetta en el escenario, ya basta para abrirle una brecha nueva al corazón. Este hombre menudo no canta canciones, vive cada una de ellas con una impresionante entrega que corta la respiración de quien le escucha. www.myspace.com/afiletta, relacionados // Iván Sánchez Moreno